lunes, 16 de febrero de 2026

 "NO ME LLAMES TRAIDOR", TRES VERSIONES, UNA VERDAD IMPOSIBLE

Un thriller sobre el precio de la lealtad y el poder corrosivo de la duda

Beto Romero, agente del servicio secreto español, ha pasado media vida infiltrado, negociando en las sombras y moviéndose en la frontera borrosa entre la lealtad y la mentira. Hasta que un día todo salta por los aires: es detenido, señalado como traidor y acusado de vender secretos a Rusia. España entera lo señala. Él lo niega. Nadie le cree
En la cárcel, Beto ofrece su versión: una historia de sacrificios, misiones imposibles y decisiones que nunca podría contar en voz alta. El servicio secreto español tiene otra muy distinta: documentos, pruebas y un relato contundente que lo señala como el mayor agente doble de las últimas décadas. Y entre ambos se mueve una tercera versión, la de un periodista que busca descifrar la línea que separa al héroe del traidor.
Cada versión abre una puerta distinta. Cada verdad contradice a la anterior. Y detrás de todas ellas late una red de espionaje, operaciones encubiertas, agentes dobles, caza de brujas y secretos capaces de poner en jaque la seguridad nacional de todo un país. 
("No me llames traidor" llega a las librerías el 11 de marzo) https://bit.ly/4t0ySCV

sábado, 2 de noviembre de 2024

¿Quieres leer las primeras páginas de "Líneas rojas"?



Preámbulo 

Una voz del pasado 

1 de marzo de 2002, en un lugar desconocido 

—¡Despierta, vamos, chico, deja de dormir! Corres peligro en esta habitación, en esta casa. No es un sueño, está pasando de verdad. Han salido hacia aquí, vienen a por ti. ¡Vamos!, espabila. Se te acaba el tiempo. Te van a pillar los israelíes. Los has jodido, desean hacértelo pagar. Deprisa, quieren matarte, huye. ¿Es que no me oyes? ¡Migueeeeeel! 

Mikel Lejarza, alterado, abre los ojos con el pánico metido en el cuerpo. Está sudando, sujeta el embozo de la sábana a la altura de la boca. Busca moviendo los ojos a la mujer que ha hablado. Respira aceleradamente, escucha las pulsaciones de su corazón sobresaltado, no comprende nada. Se incorpora en la cama. Mira su reloj de muñeca, las 3.53 de la madrugada. Hora capicúa, buena suerte. Aparta la ropa, lanza los pies al suelo y permanece sentado unos segundos mientras intenta asimilar la situación. ¿Dónde estoy? ¿Qué hice ayer? ¿Por qué puedo estar en peligro? Lleva treinta años durmiendo mal, necesita tiempo para despejarse, pero hoy no puede permitírselo. Con una celeridad nada habitual, se mete el polo por la cabeza, se enfunda los vaqueros, se calza los mocasines, se pone la cazadora y sale apresuradamente. En el recibidor agarra con urgencia el pomo de la puerta que da a la calle y antes de presionarlo hacia abajo se frena. Piensa en avisar a los dueños de la casa: «Me voy, vienen a matarme, quizá sea una falsa alarma». Desecha la idea. No se despide, mejor no asustarlos.

(Sique aquí: https://www.penguinlibros.com/es/libro-de-biografias/350374-libro-lineas-rojas-9788419449016/fragmento )

domingo, 22 de septiembre de 2024

"Líneas rojas" (I): conspiración real 

"La casa de papel"



La mezcla de ficción y realidad está muy presente en mi nuevo libro "Líneas rojas", el número 18 tras la salida hace 31 años del ya clásico "La Casa", el primero que se publicó en España sobre los servicios secretos. Es un true crime porque la conspiración que narro, por muy sorprendente que pueda parecer, está inspirada en un hecho real y allí estuvo metido Mikel Lejarza, el mejor espía de la historia de España  Y porque los protagonistas de esta historia coral, que acompañan a El Lobo en esta aventura,  los he recuperado de entre las mejores mujeres y hombres que han estado infiltrados en organizaciones terroristas y mafiosas.  Personajes intensos, llenos de aristas, que se mueven en un ambiente y ritmo que a mis jefas en Roca Editorial les recordó fenómenos como la serie "La casa de papel".

"Líneas rojas" es un libro que habla de un tema de rabiosa actualidad, que nos toca a todos en el día a día: ¿Qué seríamos capaces de hacer y qué no en determinadas situaciones límite  en nuestras vidas? Lejarza dirige un equipo con los mejores infiltrados que han demostrado que nadie vale más que ellos. Aunque todos han tenido que pagar un tributo porque en su vida pasada, mientras trabajaban rodeados de todo tipo de delincuentes, tuvieron que traspasar la línea roja, lo que, de una forma u otra, los dejó psicológicamente tocados.

martes, 7 de abril de 2020

Algunos secretos de "Nuestro hombre en Bagdad"


El 9 de abril de 2003, hace 17 años, las tropas estadounidenses llegaron al corazón de Bagdad y pusieron fin al gobierno de Sadam Husein, el temible dictador cuyas fechorías durante decenas de años conocían perfectamente Alberto Martínez y José Antonio Bernal, los dos agentes españoles que hasta el inicio de la invasión habían sido las antenas en Irak del CNI, el Centro Nacional de Inteligencia. Es una fecha trascendental porque marca un antes y un después para la vida de esos dos agentes entregados a su trabajo, con muchos sueños por cumplir y con la responsabilidad sobre sus hombros de informar al Gobierno de lo que pasaba en las alcantarillas de Bagdad.
Hace años descubrí que ese momento debía ser el centro de la investigación que estaba llevando a cabo sobre el asesinato de ocho espías en Irak y que terminaría convirtiéndose en mi novela true crime "Destrucción Masiva, Nuestro hombre en Bagdad".
Porque hace 17 años, los dos principales protagonistas del relato que ha publicado Roca Editorial estaban esperando en España a que acabara la invasión para regresar. Lo que habían vivido, como narro en el libro, había sido una etapa dura y conflictiva, habían soportado la persecución implacable de los agentes de la Mujabarat, habían conectado con los sectores más violentos de los grupos chiitas y habían conectado con muchos jefes tribales. A muchos les habían tenido que soltar sobres con billetes, pero eso era lo normal en muchas misiones de espías en países árabes y en muchos que no lo eran.
Sabían, sin embargo, que el regreso sería radicalmente distinto. Muchas de sus fuentes y una gran parte de sus "conocidos", habían pasado a la clandestinidad y se habían unido a la insurgencia, lo que entrañaba un riesgo reconocible: les tenían perfectamente identificados y sus vidas correrían peligro.
Ninguno de los dos dieron un paso atrás. La madre de Bernal le pidió que no regresara, pero él le dijo esa frase que tanto me emocionó la primera vez que la escuché: "Mamá, hay Dios en todas partes". Su madre, su padre y yo interpretamos lo que cualquiera que lea "Destrucción Masiva": José Antonio regresó a Irak dispuesto a entregar su vida.
Alberto Martínez, al que llegaron a calificar como "Nuestro hombre en Bagdad", y de ahí el subtítulo de la novela, siempre tuvo un conflicto interno entre la necesidad vital de acompañar a su mujer y a su hijo, y la urgencia de cumplir con su trabajo. Antes de regresar a Bagdad tras la invasión estadounidense, supo que sus vidas iban a correr peligro, igual que lo supieron los altos mandos del CNI. Estos optaron por enviarles porque nadie como ellos les podían facilitar la información que necesitaban. No minimizaron el riesgo, pero lo colocaron detrás de sus necesidades.
A esa fecha clave del 9 de abril, seguirían otras menos importantes para el mundo, pero sí para mi narración. Por ejemplo el 21 de abril, cuando el presidente Aznar hizo la siguiente afirmación en TVE: "Estoy absolutamente convencido de que esas armas (de destrucción masiva), que existen, acabarán apareciendo". Como he contado a lo largo de la promoción, desgraciadamente interrumpida por el maldito virus, Martínez y Bernal habían informado al CNI y estos a Aznar de que no existían esas armas.
Me he preguntado algunas veces, cuando uno hace análisis de sus propias palabras, si Aznar pudo llegar a creerse que esas armas existían. Puedo aceptarlo pensando que cada uno se cree lo que le da la gana, pero guiado exclusivamente por sus ansias de colocar a España, y colocarse él, a un nivel internacional nunca soñado.
Seguiré contando historias sobre "Destrucción Masiva". Mientras, os dejo el interesante y cuidado podcast que ha elaborado el equipo de Roca Editorial, en el que incluye la dramatización de algunos textos.

https://www.ivoox.com/conversamos-fernando-rueda-autor-destruccion-masiva-audios-mp3_rf_49665535_1.html

martes, 29 de enero de 2019

"Yo confieso: 45 años de espía", los primeros datos

1974: Mikel Lejarza es captado por el servicio secreto para infiltrarse en ETA con el alias de El Lobo.
2019: Con otro nombre, Mikel Lejarza sigue trabajando para el CNI.
Esta es su vida. Esta es la historia.
Mikel Lejarza ha guardado silencio sobre su vida hasta este momento. Ahora ha decidido desvelar en primera persona en el libro Yo confieso todo lo que ha hecho y todo por lo que ha pasado en 45 años de agente secreto. Ha escrito, con la ayuda del periodista Fernando Rueda, unas memorias duras, sinceras, en las que por primera vez cuenta todo lo que ha sido su vida, sin olvidarse de los momentos amargos, de su éxitos e, incluso, de aquellas actuaciones de las que no está especialmente satisfecho.
Yo confieso es un libro humano en el que Mikel ha querido que Mamen, su mujer, confidente y compañera en algunas de sus misiones, aporte su visión personal sobre los hechos, recordando los momentos vividos en una relación complicada, como no podía ser otra que la vivida por una mujer que ha compartido 40 años con el agente más antiguo que tienen los servicios secretos españoles.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Carlos Baró, el aguerrido espía novio de la muerte asesinado en Irak

El comandante Carlos Baró Ollero era un apasionado de La Legión y de su himno “El novio de la muerte”. También era un fan incondicional de Joaquín Sabina y de todas sus canciones pecadoras.
Carlos y sus siete compañeros del CNI fueron atacados en Irak por un número superior de enemigos, con armas de larga distancia, entre ellas un lanzagranadas, ante las que no tenían nada que hacer al portar solo pistolas y un fusil. Cercados, Baró llegó a ese punto límite que separa una actuación militar razonable de una heroica.
Tomó el mando tras ser acribillado a balazos Martínez, el jefe natural, impartió rápidas órdenes desplegando por el terreno a sus compañeros vivos, telefoneó a sus mandos para pedir ayuda, se lanzó al suelo y no paró de disparar contra los enemigos. Murió luchando, defendiendo la posición más adelantada. En ningún momento pensó en la huida dejando atrás a los heridos.
         Uno de sus compañeros militares, de alias “Peserice”, describe sus últimos momento en su blog “Desde mi embarrada trinchera en Empel”: “Carlos murió como quería, como un auténtico soldado y no con el cuerpo arrugado por los años, con una sonda metida en el culo y mirando, si es que pudiese ver, el techo de un hospital”.
         Baró consiguió las dos estrellas de seis puntas de teniente en 1991. Nunca pensó en llevar una carrera tranquila, sino que soñó con desempeñar los más peligrosos puestos de combate. Se hizo paracaidista y de operaciones especiales y consiguió ser destinado a La Legión.
         Los momentos que más unen a los militares son los que pasan en circunstancias extremas. Así lo cuenta el citado amigo: “A mediados de los noventa tuve el honor de convivir once intensos meses con Carlos en el Curso de Operaciones Especiales: yo teniente recién salido de la academia, él casi capitán destinado en La Legión. Dicen que el curso envejece tres años al que lo realiza. Carlos, “Goliardo”, su nombre de guerra, estaba llamado para algo grande. Excepcional en el plano físico e intelectual, respiraba liderazgo y virtudes militares. Era, para muchos de nosotros, el teniente que queríamos llegar a ser. Un ‘perro de la guerra’ de los que te gusta tener cerca cuando vienen mal dadas”.
         En octubre de 1998 entró en la División de Acción Operativa del entonces CESID. Trabajar diariamente con la tensión que conlleva el trabajo del espionaje era sin duda un gran estímulo para él. Esas personas que llegan con una formación tan alta es la que busca cualquier agencia de espionaje.
         En 2003 pidió una de las plazas que se habían convocado en el CNI para prestar servicio en Irak, con la misión de proteger a las tropas españolas. Él mismo resumió su trabajo en Irak en una carta dirigida a sus más íntimos el 6 de octubre: “Querida familia: aquí todo sigue normal, es decir todo lo normal que puede ser la vida de un espía en Irak. Lo recordaré como el año que comí arroz con pollo unos días y pollo con arroz otros, que compré un taxi de 1979, perseguí espías del legendario y temible servicio secreto Mukhabarat, compré voluntades entre los jeques de una tribu, hice fotografías a los miembros de Al Qaeda desde mi taxi cuando salían de la mezquita, me entrevisté clandestinamente con líderes chiitas radicales, traté con traficantes de armas, asesinos a sueldo, recorrí Bagdad a ritmo de Sabina, compré un coche de los fedayines de Sadam con varias matrículas, me confeccioné la documentación de mi propio coche, desayuné higaditos de pollo con huevos duros y pan, bebí cerveza camuflada en lata de refresco, fotografié casas seguras de leales al régimen desde un helicóptero, vestí como un árabe, conduje peligrosamente y sin matrículas, merendé dátiles con coca cola, viví a 57ºC, bebí cinco litros de agua al día sin mear ni gota, aprendí lo importante que es tener electricidad, viajé siempre con las armas preparadas…”
         Su estancia en la tierra que perteneció a Sadam fue intensa y se vio truncada el 29 de noviembre por el atentado que le costó la vida junto a otros seis compañeros. En Madrid, Carlos tuvo dos funerales bien distinto. El primero, compartido con los agentes asesinados, fue de carácter civil, en la sede del CNI. El segundo, con su familia y amigos, de carácter más castrense. Sus amigos cantaron “El novio de la muerte”, el himno de La Legión.
         El acto final todavía no había llegado. Carlos le había pedido a su hermano que si algún día le pasaba algo quería que sus cenizas fueran esparcidas por sus compañeros paracaidistas, con los que frecuentemente quedaba para saltar en las afueras de Madrid. Su hermano les pidió ser él quien abriera la urna a cientos de metros de altura, para lo que saltó en un avión agarrado por uno de sus incondicionales amigos.
         Fue su última voluntad a la que tiempo después le siguió un homenaje que le habría encantado. Su admirado Joaquín Sabina le hizo una poesía que incluyó en su libro “A vuelta de correo”: “Mi hermano Carlos –escribe el cantautor- tenía, como todos los agentes secretos, un nombre en clave: “Baracoa”. La familia me ha autorizado a rimarlo, pero no a leer su diario. Estoy hablando de tres generaciones de agentes especiales que sabían que una tumba anónima era mejor que una estatua (…) Maldita guerra de Irak”.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Luis Ignacio Zanon, el espía asesinado en Irak que se la jugó por amor

A Luis Ignacio Zanón le costó decidirse a aceptar el destino en Irak. Cuando se lo ofrecieron por primera vez pensó que no se le había perdido nada en tierras tan lejanas.
         Luis Ignacio, Nacho para todos los que le conocían y Nachete para sus personas más próximas, tardó mucho tiempo en ser la persona disciplinada que se supone deber ser un militar. No era un tipo duro que disfrutara como loco con la vida cuartelera. Era divertido, alguien que gustaba de la compañía de los amigos y la familia, que llegaba a casa de sus hermanos y se tiraba en el suelo para jugar con sus sobrinos como si fueran de su misma edad. Era el hijo que siempre acompañaba a su padre al estadio Vicente Calderón para ver al Atlético de Madrid, el equipo de sus sueños, el que exigía más cariño y lealtad que cualquier otro de los grandes.
         En 1987 aprobó las oposiciones a radiotelegrafista del Ejército del Aire y al terminar en 1991 fue destinado a la base de Torrejón. Allí le surgió la posibilidad de irse destinado al CESID. En agosto de 1994 comenzó a trabajar en el Centro de Comunicaciones. Esa vida le gustaba, aunque no terminaba de llenarle. Pensó en estudiar una carrera, pero hacerlo al mismo tiempo que trabajaba le exigía una perseverancia de la que carecía.
         Mientras estaba en el servicio de inteligencia se casó. Amaba a esa mujer tan distinta a él, que le ataba y le exigía que afrontara la vida desde una perspectiva menos soñadora. No le importó al principio, pero con el paso de los años se dio cuenta de que no era feliz.
         Se enteró de que el servicio secreto buscaba un agente de su perfil para Kosovo. Del espacio cerrado en la sede del CESID en Madrid en el que llevaba años trabajando, pasó a ser un agente de calle. En un hospital de albano-kosovares conoció a Buqe –flor de azahar en su idioma-, una veinteañera muy guapa que hablaba algo de español. Fue un flechazo.
         El día de la separación llegó. El agente del CESID regresó a España convencido de que lo único que deseaba era comenzar una nueva vida con ella. Acudió a una abogada para poner fin a su matrimonio. La letrada nunca entendió por qué aceptó unas condiciones tan leoninas. Ella se quedó el piso y todo lo que habían comprado juntos. Él, con el perro.
         Buqe vino a España, se casaron y se quedó embarazada de su hijo Luca. Nacho encontró la tranquilidad que había estado buscando. Había madurado y debía buscar un nuevo camino para que su familia viviera mejor.
         Cuando el verano del 2003 se acercaba, Nacho recibió una oferta difícil de asimilar: el CNI buscaba urgentemente a alguien con su perfil para cubrir una vacante en Irak que se había presentado a concurso y que no había pedido nadie. Era más dinero y le vendría de fábula, pero estaría seis meses fuera y no le apetecía separarse de su mujer y su hijo. Además, Buqe estaba nuevamente embarazada y esperaban el nacimiento para diciembre, mes en el que él estaría en Irak.
         Habló con su jefe y le propuso aceptar la vacante -como hacen habitualmente muchos agentes- a cambio de que al regreso de tan peligrosa misión le buscaran una embajada en Centroeuropa como segundo de la Consejería de Información. Tras las oportunas gestiones, su jefe cerró el trato. Hubo un problema añadidosufría una hernia discal, que todavía no era muy grave, pero que le producía molestias en la pierna.
         En agosto viajó a Irak con Martínez. Formaban un equipo curioso integrado por el comandante que mejor conocía el país y un sargento primero novato que no estaba escasamente preparado para la misión.
         Zanón conocía sus limitaciones, pero no esperaba encontrarse con un tipo serio, estructurado y muy disciplinado, mientras él era divertido, algo caótico y con mucha voluntad. La relación fue inicialmente complicada, pero con el paso de los meses mejoró. A principios de octubre, Zanón empezó a recibir llamadas amenazadoras, similares a las que también recibía Martínez.
         El 7 de octubre Nacho salió de Nayaf con destino a Bagdad para comenzar dos semanas de vacaciones. Se sentía embriagado por el deseo de pasar unos días con su mujer y su hijo Luca. Antes tendría el placer de disfrutar con su amigo Bernal, que le daría cobijo en su casa de Bagdad. Allí pasaron los dos un día de confidencias, risas y buenos momentos. Al día siguiente Bernal le acercó hasta el aeropuerto. Desde allí Zanón viajó a Amán para coger otro avión que le llevara a Madrid.
         Es fácil imaginar sus ganas de que el avión aterrizara en Barajas y poder besar a su familia. Lo que no podía imaginar fue la presencia de uno de sus jefes. Allí mismo le dio la noticia: hacía unas horas que habían matado a Bernal en la puerta de su casa. Todos sus planes se esfumaron. Fue uno de los hombres que transportó los restos de Bernal, con el corazón roto y la cabeza ausente.
Sus padres, impresionados por la muerte de su amigo, le pidieron que no regresara a Irak: “Estás dolorido, tienes una hernia que apenas te permite moverte, tienes una excusa para no volver. Además, vas a tener un bebé”. Incluso le pidieron a su hermano Javier que le convenciera para que desistiera de regresar.
         Su hermano nunca llegó a comentarle nada. Antes de que lo intentara, Nacho le contó que debía regresar, que no podía abandonar la misión precisamente en el momento más peligroso. Javier notó que su hermano había cambiado, la muerte de su amigo le había dejado clara la peligrosidad de la misión y las llamadas con amenazas de muerte eran reales. Con lo que le había costado aprender a moverse entre los iraquíes y conseguir el respeto de Martínez, ahora no podía correr y alegar una enfermedad, que realmente tenía, para evitar su deber. Sin contar con que había aceptado el destino como una apuesta a largo plazo por su familia: si cumplía, luego se iría a una embajada, con más dinero y junto a su mujer y sus hijos. 
         A Nacho le hubiera encantado acompañar a Buqe mientras daba a luz, pero no pudo ser. Su hija Arieta nació dos días después de su marcha. La conoció gracias a una imagen que le enviaron vía Internet.
El 26 de noviembre recibieron la visita de los equipos que les relevarían en enero. El 29 pasaron el día en Bagdad y al regresar fueron atacados en Al Latifiya. No había pasado media hora de los primeros tiros cuando solo quedaban vivos Sánchez Riera, Merino y él. Nacho estaba parapetado detrás de una rueda de uno de los vehículo situado la carretera con Merino en sus brazos, muriéndose.
Es posible que por su cabeza pasaran en esos momentos su mujer, sus hijos, toda su familia. Pero lo que es seguro, según el testimonio del superviviente, es que desde que comenzó el ataque nunca pensó en salvar su propia vida teniendo que abandonar a su compañero herido.
Unas horas después, su hermano Javier recibía en su trabajo en Palma de Mallorca una llamada procedente del CNI: “Ha habido un problema en Irak, ha habido un accidente, hay muertos. Alguno se ha salvado, todavía no sabemos nada”. Se fue a su casa y puso en la televisión la CNN. Una imagen le destrozó. Sky News había grabado a una turba de gente quemando los cuerpos de los agentes del CNI y pisoteándolos. Uno de ellos era sin duda su hermano Nachete.
A su llegada a Madrid, los cuerpos de los siete agentes asesinados fueron trasladados al Hospital Central de la Defensa, donde se les hizo la autopsia. Esa noche, mientras esperaban, Javier Zanón se dirigió al médico de guardia y le comunicó que Buqe quería ver el cuerpo de su marido. Le contestó que ningún familiar lo había pedido, pero Javier le cortó y le espetó: “Voy a entrar con ella y lo vamos a ver sí o sí”.

Cuando destaparon el féretro, Nacho estaba tapado con una sábana hasta los hombros, con la cara totalmente deformada. Buqe se inclinó sobre él y sin parar de llorar, lo besó y lo besó.