Nacido
en Glasgow en 1913, la familia de John no le pudo
facilitar dinero, pero de ellos heredó las ganas de trabajar y la inteligencia.
Lo demás lo fue conquistando él personalmente gracias a las becas.
Consiguió
entrar en Cambridge, donde se afilió como sus compañeros de red al Partido
Comunista y, como ellos, se dio de baja cuando su amigo Guy Burgess
le reclutó para trabajar para el Komintern.
Espionaje sobre España
En 1936 entró en el Foreign Office, donde trabajó en las
secciones de Estados Unidos y en diversas de Europa, incluida España
durante la Guerra Civil. En ninguno de esos destinos, su actuación
levantó la más mínima de las sospechas.
Durante la Segunda Guerra Mundial
estuvo espiando en varias secciones, una de ellas la Escuela Gubernamental
de Código y Cifra, lo que le permitió conocer el contenido de los
numerosos mensajes que se interceptaban a Enigma, la supuestamente
inviolable máquina de mensajes cifrados de Alemania, de la que Hitler
estaba tan orgulloso. Los rusos pudieron recibir gracias a él información
adelantada sobre los planes alemanes.
John pasó después al SIS,
el servicio secreto exterior. Siguió siendo un doble agente de la máxima
eficacia, pasando a su controlador ruso información tan valiosa como la del
proyecto atómico de Estados Unidos e Inglaterra.
En 1951,
su amigo Burgess huyó a Rusia, y los agentes del MI5, el
servicio secreto interior, que entraron en su domicilio encontraron entre el
material intervenido documentos oficiales con la letra de Cairncross.
Durante muchos meses controlaron cada uno de sus movimientos, pero no
consiguieron la mínima prueba de que fuera un traidor.
Sometido a
interrogatorios
Al año siguiente, lo intentaron por la vía directa: le
sometieron a interrogatorio. John lo negó casi todo: sólo reconoció que
le había pasado a Burgess algunos documentos, pero desconociendo
absolutamente que fuera un espía ruso. No formularon ninguna acusación contra
él, pero dadas las nuevas circunstancias de desconfianza, decidió irse a vivir
a París.
Un año después, Anthony Blunt fue descubierto, con lo
que los espías desenmascarados de la red de Cambridge ya sumaban cuatro.
El problema en este caso fue que Blunt llegó a un pacto para delatar al
espía que faltaba, y a otros vinculados con la red, a cambio de la inmunidad. John
ya no pudo negarlo por más tiempo.
Cairncross fue interrogado en París
y delató a su vez a muchos colaboradores y agentes relacionados directa o
indirectamente con el quinteto: algunos fueron cesados en sus cargos, otros
apartados de sus funciones y muchos siguieron como si nada, al no haber
suficientes pruebas para probar sus actividades delictivas.
Pacto de
silencio
Su nombre, el del misterioso “Quinto hombre”, quedó
escondido en un cajón cerrado con llave, gracias al pacto de silencio que
acordó, como Blunt, con el MI5. Era el año 1964 cuando
decidió quedarse a vivir el resto de sus días en París, olvidando para
siempre su pasado y sin que nadie pudiera recordárselo.
En 1979,
la Primera Ministra Margaret Thatcher comparecía como tantas otras veces
en el Parlamento. La “Dama de hierro” se pasó por el arco del
triunfo el pacto acordado 15 años antes y desveló los dos nombres que faltaban
por conocer de los traidores de Cambridge: Blunt y Cairncross.
John
se quedó perplejo. Su vida no cambió en París, donde se había casado con
una mujer mucho más joven que él, pero ahora sus amigos y conocidos ingleses y
franceses sabían que había traicionado a su país para servir a Rusia.
Eso sí, a diferencia de sus amigos de la red, él sí había luchado por unos
ideales proletarios que había mamado desde la cuna.
viernes, 20 de diciembre de 2013
martes, 17 de diciembre de 2013
"La Casa" no ha cambiado tanto 20 años después
Hace 20 años que publiqué mi primer
libro sobre el servicio secreto, que fue también el primero que aparecía en
España sobre un tema hasta ese momento secreto y prohibido. Se llamaba “La Casa”
e iba subtitulado “El CESID: agentes, operaciones secretas y actividades de los
espías españoles”. La editorial Temas de Hoy lanzó al mercado 8 ediciones, el
libro fue el más vendido en toda España durante tres meses y aunque hace un par
de meses ha salido su edición digital, sus ejemplares en papel se pueden
encontrar puntualmente, en alguna ocasión a más de 70 euros (algo desorbitado,
la verdad).
Tantos años después, la realidad es
que el entonces CESID se convirtió en el año 2003 en CNI, pero los cambios no
han sido tantos como podrían parecer. Un amigo me decía ayer que los espías han
vuelto a trabajar en temas de extrema derecha, algo que era de vital
importancia en los años 80 y 90, pero que dejaron de hacer en la pasada década.
El tema de la lucha antiterrorista
siempre tuvo una importancia destacada, aunque ha habido un cambio de matices.
Antes era vital la lucha contra ETA y aparecía a mucha distancia el terrorismo
de origen árabe. Ahora son cientos los agentes dedicados en toda España a la
amenaza islamista y cada vez son menos los que están volcados en perseguir y
controlar a los etarras.
Poco o nada ha cambiado en la
División de Contrainteligencia, encargada de evitar que agentes enemigos espíen
en nuestro suelo. Los rusos siguen siendo tan activos, los de la CIA coquetean
y roban al mismo tiempo, los chinos cada vez tienen más presencia y los
marroquíes son tan arriesgados cuando tienen que controlar a los disidentes.
En Inteligencia Exterior es donde
más se nota en 20 años el crecimiento del servicio de inteligencia. En la
segunda mitad de los años 80, el entonces director, Emilio Alonso Manglano,
decidió emprender la apertura de delegaciones, pero en 1993, cuando apareció en
las librerías “La Casa”, apenas superaban en 20 el número de países con
delegados, que en 2013 se ha triplicado. Eso se nota, y mucho, en la calidad de
la información.
El funcionamiento sigue siendo el
mismo: el gobierno ordena sus prioridades y el servicio secreto las cumple,
intentando ambos que no se conozcan los métodos que utilizan. Porque ahí radica
la importancia del CESID-CNI: trabajan de una forma en que jamás lo podrían
hacer la Policía o la Guardia Civil, quienes casi siempre terminan explicando a
los jueces su forma de actuación. El CNI no se lo detalla a nadie. Corrijo, a
casi nadie. Porque el responsable político del gobiernosí que suele conocer las
operaciones ilegales. Más que nada para que no se lleve las manos a la cabeza
si a los espías les pillan in fraganti haciendo lo que no deben. (Continuará).
viernes, 13 de diciembre de 2013
Anthony Blunt, doblemente traidor (espionaje inglés 2)
Ser
traidor una vez, implica la dolorosa posibilidad de volver a serlo. Tal y como
le ocurrió al que históricamente es conocido como “El cuarto hombre” de
la “red de Cambridge”, Anthony Blunt.
Nació en 1907, hijo de un
vicario anglicano, que le envió a Cambridge, donde fue un destacado
alumno en Historia. En 1932 era ya un agente soviético que
comenzó a vivir una doble vida de clandestinidad, que marcaría sus siguientes
50 años.
En 1935 hizo un viaje a la URSS donde se enamoró del
país y de su régimen político, pero, eso sí, a distancia. En esos años de
convulsión política en Europa, captó a varios colaboradores y mantuvo
una relación especial con John Cairncross.
En 1939 consiguió
entrar en el MI5 y fue a realizar un curso previo al ingreso de cinco
semanas en Hampshire, que no llegó a terminar porque se enteraron de sus
ideas comunistas y le echaron fulminantemente. Optó por convertirse en capitán
de la Policía y se fue a Francia con la fuerza expedicionaria
británica.
No obstante, persistió en su deseo de integrarse en el MI5
y, aunque parezca imposible dada la animadversión a los comunistas, lo terminó
consiguiendo. De ahí a pasarse horas y horas fotografiando documentos del
servicio secreto inglés apenas pasó tiempo. Su trabajo fue muy útil para los
rusos, pero justo es reconocer que no tuvo acceso a una información
especialmente valiosa, como el resto de sus compañeros del “Quinteto de
Cambridge”.
Meticuloso y entusiasta, fue ganándose la consideración de sus
jefes del MI5 y cuando se produjeron las deserciones de Burgess y
Maclean, a pesar de su reconocida relación salió airoso, libre de toda
sospecha. Y eso que participó activamente en la organización de la huida de
ambos. Incluso, cuando muchos años después Kim Philby huyó, Blunt
no se mostró ni mínimamente nervioso, mostrando un autocontrol
sorprendente.
Su tapadera se demostró perfecta durante años, sin que nadie
tuviera la más mínima sospecha sobre él. Adquirió un gran prestigio con la edad
consiguió ser nombrado Protector de los Cuadros del Palacio de Buckinham
y acumuló los títulos de Sir y Caballero Comandante de la Orden
Victoriana.
En 1964 todo pareció acabarse, pero la suerte no le dio
frontalmente la espalda. El MI5 le terminó pillando con pruebas fuera de
toda duda y él decidió amoldarse a la nueva situación reconociendo todo lo que
había hecho con los rusos… absolutamente todo. Eso sí, a cambio de una
contraprestación: el servicio secreto inglés silenciaría su participación en la
red y su nombre no aparecería en ningún documento público. Así él podría seguir
con su vida y sus prestigiosos trabajos cerca de la monarquía. Como
consecuencia, continuó trabajando para los rusos, pero informando al servicio
secreto inglés de todas las redes comunistas que conociera en el Reino Unido.
El acuerdo fue muy productivo para el MI5, aunque con el paso del tiempo
el caudal informativo del viejo agente fue tendiendo a cero.
En los años 70,
el misterio del “Cuarto hombre” fue creciendo en Inglaterra. Periodistas
y escritores especulaban sobre su identidad y la gente no paraba de hablar
sobre el tema. En noviembre de 1979, Margaret Thatcher no se
mordió la lengua y desveló su nombre en el Parlamento. Había roto el pacto
secreto y lo hizo con toda consciencia. Blunt se vio obligado a aparecer
poco después en la BBC reconociendo su pecado y la Reina le
retiró sus títulos nobiliarios.
A partir de ahí todo fue un drama para el
anciano que acababa de cumplir 72 años. Incluso se hizo pública su
escondida homosexualidad, que pocos sospecharon dado que también había
mantenido relaciones con mujeres. Murió cinco años después. De él escribieron:
“El problema de Anthony es que quiere cazar con los sabuesos de la
sociedad y correr con las liebres comunistas.”
lunes, 9 de diciembre de 2013
El crimen de Alcásser y el Cesid: la historia de un cese
No me gusta contar historias que no puedo contrastar. Si las cuento es a amigos, pero escribirlas o radiarlas es otra cosa. Hoy lo voy a hacer porque algunos seguidores me han recordado que hace años di algunas pistas sobre el tema. También por que he estado charlando con mi amigo Antonio Salas -cuyo libro "Operación princesa" me tiene enganchadísimo- y salió el tema y me animó a aportar los datos.
Me la contó no uno, sino dos agentes del entonces Cesid -ahora CNI- que llevaban varios años trabajando en el servicio cuando ocurrieron los hechos. Eran fuentes cercanas entre ellos, por lo que puse en cuestión la autenticidad del relato. Y era tan secreto, que pocas personas más lo conocían y no conseguí arrancarles su testimonio.
El hecho sabido es que el 13 de noviembre de 1992 desaparecieron las niñas Desiree, Miriam y Toñi en Alcásser (Valencia) y se armó el gran follón en toda España. De entre 14 y 15 años, sus cadáveres aparecieron el 27 de enero de 1993. No solo habían sido violadas reiteradamente, sino torturadas con saña.
En aquellos meses funcionaba en el Cesid el Gabinete de Escuchas, que interceptaba de una forma aleatoria las llamadas entre teléfonos móviles que por entonces todavía no estaban al alcance de cualquiera y eran de uso habitual entre potentados e influyentes. Según el relato que me contaron, uno de los agentes que interceptaba las llamadas escuchó una conversación relacionada con el brutal asesinato. Uno de los que hablaba era un hombre que no tardó en identificar como un valenciano influyente con buenas relaciones con el gobierno -al que podría haber pertenecido-.
Hizo un informe con todos los datos disponibles y se lo pasó a su jefe y éste a su vez al suyo. La respuesta fue nítida, muy clara: abandonar inmediatamente la escucha. El agente recibió la orden, pero no la cumplió. Sin apuntar nada, siguió dejando un hueco cada día al espionaje de tan preocupante tipo. No le duró mucho el esfuerzo por conseguir información. Fue descubierto y fulminantemente expulsado.
Esta historia de un espía que pudo destapar la verdad del caso Alcásser y unos jefes que se lo impidieron, me la contaron -sé que a algún otro periodista también- durante el año 1995, cuando se descubrieron las escuchas ilegales del Cesid. Entonces se desveló el espionaje al Rey, empresarios, ministros y periodistas, pero nadie contó lo de Alcásser. Quizás porque era lo más gordo de todo o quizás porque era simplemente un invento, convertido en leyenda.
jueves, 5 de diciembre de 2013
Kim Philby, el mejor agente doble de la historia (Espionaje inglés 1)
¿Cómo
saber si un agente secreto propio que se reúne con un espía soviético pretende
sacarle información o entregársela? ¿Es posible engañar a numerosos
interrogadores duchos en su trabajo, cuando el agente investigado por traición
es capaz de separar en su cerebro su vida normal de la que realiza al servicio
de una potencia enemiga? ¿Es factible que ni tu propia familia sepa que eres un
traidor durante 30 años?
Estos son sólo algunos de los interrogantes que el
siglo pasado se plantearon en Inglaterra destacados dirigentes del MI5 –el
servicio secreto interior- y del MI6 –el servicio secreto exterior, conocido
inicialmente como SIS-.
Un grupo de jóvenes estudiantes que habían cursado
estudios en la elitista universidad de Cambridge volvieron locos al
contraespionaje inglés, que nunca pensó que sus enemigos comunistas de la Unión
Soviética fueran capaces de penetrar en la clase alta inglesa para captar a
unos jóvenes con una prometedora carrera. Al menos cinco de ellos fueron
descubiertos, aunque algunos otros permanecieron en el anonimato a cambio de su
confesión y otros no llegaron jamás a ser descubiertos.
Harold Adrian Rusell
Philby –Kim Philby- fue sin duda el mejor de ellos. Nacido en 1911 en La India,
tenía un padre influyente que vivía en aquel país que le abrió las puertas de
la élite inglesa. Cuando siguiendo la costumbre familiar ingreso en Cambridge,
no tardó en abrazar la ideología comunista junto a sus más íntimos amigos.
Mientras estudiaba militó en el partido, pero sagazmente recomendado por su
controlador soviético, abandonó cualquier idea progresista para abrazar
públicamente el fascismo. Paradoja extraña que al ser llevada de una forma
discreta fue aceptada por su entorno sin demasiados miramientos.
Recomendado
al duque de Alba
De hecho, al abrigo de esas falsas simpatías, consiguió
que su padre le recomendara ante el embajador español en Inglaterra, entonces
el duque de Alba, para conseguir una carta de recomendación que le permitió
cubrir para el Times la Guerra Civil española. Nadie se enteró durante los años
que duró la contienda, que ese apuesto, tartamudo y bohemio inglés pasaba
información a los rusos, que le habían encargado, entre otras misiones, el
asesinato del general Franco, misión que pudo realizar, pero sólo si era a
consta de su vida, algo que no se llevaba en aquella época.
Herido en la
batalla del Ebro por una bomba de origen ruso lanzada por los republicanos, fue
condecorado por el propio Franco, que posteriormente le concedió una
entrevista, de tanto éxito que la reprodujo el diario ABC.
Tímido, prudente y
suspicaz, acabada la guerra estuvo una temporada en Francia, también como
periodista, para recalar definitivamente en Londres, donde consiguió con la
ayuda de sus amigos de Cambridge, también captados por el espionaje ruso, que
entrara en el SIS, precisamente en la división de la península Ibérica.
Tanto
había disimulado sus convicciones políticas comunistas, que los altos mandos
del espionaje inglés decidieron nombrarle tras la Segunda Guerra Mundial jefe
de la división contra los rusos, que él mismo levantó. Esta etapa se movió
entre éxitos que le facilitaron los propios rusos para apoyar su cobertura y
fracasos inherentes a una misión tan complicada. Después fue enviado a Turquía
para seguir espiando a los rusos, con cuyos agentes se reunía con el parapeto
que suponía estar intentando captarles para la causa de occidente.
Espiando
a la CIA
A finales de los años 40, tuvo la suerte de ser destinados a
Estados Unidos, donde trabajó en el corazón de la naciente CIA. En el mismo
país acabaron destinados sus amigos y también topos de la URSS Donald Maclean y
Guy Burgess, a los que alertó durante el escándalo de los espías atómicos para
que huyeran a Moscú antes de que les detuvieran. Sabía lo que arriesgaba, pero
tenía muy presente que si eran detenidos, en los interrogatorios saldría a
relucir su nombre y podría acabar su carrera de agente doble en la cárcel.
Huidos
sus colegas, los americanos quisieron interrogarle, pero el SIS creyó en su
inocencia y se lo llevaron a Inglaterra. No obstante, sufrió tantos
interrogatorios que cualquier otro habría soltado algún comentario imprudente
que le habría implicado en el caso, pero Philby estaba muy seguro de sí mismo.
Cada vez bebía más, pero eso en aquellos tiempos era algo bastante connatural a
los espías y nadie lo interpretó como un signo de debilidad.
Incluso algunos
tabloides se atrevieron a señalarle más tarde como “El tercer hombre”, pero uno
de los ministros del gobierno le defendió públicamente diciendo que no había
pruebas contra él.
Philby quedó marcado por aquel episodio, pero siguió
colaborando con el SIS, aunque con un nivel de confianza menor. Muchos creían
que era culpable, pero nadie había sido capaz de probarlo.
En los años 60
recuperó su antigua profesión de periodista y se fue a vivir a Beirut. Allí
siguió aumentando su cantidad de ingesta de alcohol, lo cual parece ser que
comenzó a afectarle. En 1963, un colega del servicio secreto fue a visitarle.
Dos desertores soviéticos habían dejado en evidencia su doble juego y Kim
confesó por primera vez, treinta años después de haber sido captado, que
trabajaba para los rusos.
Lo lógico hubiera sido que le hubieran detenido en
ese momento o que le hubieran sometido a una dura vigilancia, pero nada de eso
ocurrió. Unos días después, cuando iba con su mujer a una fiesta ofrecida por
un miembro de la embajada inglesa, puso un pretexto, se bajó del taxi y
desapareció. Tardó meses en aparecer en Moscú, pero los espías ingleses no
dudaron desde el primer momento de que se había fugado.
Condecorado por
Rusia, Inglaterra y España
Fue condecorado en Rusia con la Orden de la
Bandera Roja, como lo había sido en Inglaterra con la Orden del Imperio
Británico, a las que sumaba la española Orden del Mérito Militar con distintivo
rojo.
Hasta
que falleció en 1988, se había casado cuatro veces, dos de ellas con mujeres
que en el momento de conocerle estaban casadas.
La constatación de su traición
fue un duro golpe para Inglaterra, aunque habría sido todavía peor detenerle y
que quedara en evidencia el pésimo control al que habían sometido a sus
agentes. Porque Philby había ejercido de comunista en su juventud y nunca nadie
lo tuvo en cuenta. Quizás porque nadie sospechó en su reclutamiento que un
personaje de la élite inglesa pudiera ser un fervoroso comunista. Fue uno de
los mejores agentes dobles de la historia, cuyo engaño hizo un daño terrible al
servicio secreto inglés, del que tardaría años en recuperarse.
martes, 3 de diciembre de 2013
Armada creyó que el Rey quería el golpe y luego calló para protegerle
La muerte del general Alfonso Armada supone la pérdida de un hombre honesto, que fue sincero mientras pudo. Tuve la suerte de hablar algunas veces con él. Nunca me contó lo que me hubiera gustado sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Pero me permitió entender al hombre al que todos acusaban de ser el cerebro del intento de reconducir la democracia hacia un golpe apoyado por muchos. Sí, muchos, pues no hay que olvidar la reunión que mantuvo con el socialista Enrique Múgica en Lérida para informarle de los preparativos del golpe. Y que en la lista del gobierno que Armada iba a presentar a los miembros secuestrados del Congreso de los Diputados había gente de derechas y de izquierdas, lo que hizo que Tejero no le dejara dirigirse a los parlamentarios, porque él no había asaltado el Congreso para que esos gobernaran.
El general participó en la intentona golpista porque interpretó por las palabras del rey Juan Carlos que la situación política era muy grave y era necesarioa reconducirla. Nunca habría participado en esa movida a título personal, pues nunca fue un hombre ambicioso. Lo hizo porque creía que eso servía al rey y porque contaba con el apoyo de políticos relevantes, la Embajada de Estados Unidos y algún miembro representativo de la Iglesia.
Él no hizo todas esas gestiones directamente, pues contaba con el apoyo de José Luis Cortina, el jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales del Cesid, como se llamaba entonces el CNI. Lo que pasó es que a él le pillaron y a otros como Cortina no les pudieron implicar.
Los años que pasó en prisión guardó un silencio total, teniendo que soportar las presiones del resto de los golpistas para que explicara el papel del rey. Nunca quiso, ni siquiera cuando abandonó la prisión y se dedicó a llevar una vida apartada.
Lo único que desconozco es si en algún momento pensó que se había extralimitado al interpretar los deseos del rey o si siempre tuvo claro que hizo lo que debía, aunque en el último momento todo cambiara. Me inclino por esto último.
viernes, 29 de noviembre de 2013
Todos los graves errores cometidos en el asesinato de los 8 espías del CNI en Irak (y II)
Los sangrantes trofeos
en los que se habían convertido los espías españoles hicieron que aumentara el
número de iraquíes de Latifiya que se congregaron allí. La policía de la
localidad decidió comunicar lo que estaba pasando a los militares de Estados
Unidos asentados en la cercana base de Mahmudiyah. El teniente coronel al mando
envió una compañía con urgencia, aunque ya hacía tiempo que era tarde para los
siete españoles.
Cuando llegaron y
consiguieron acceder a la escena del ataque, lo que vieron quizás a ellos no
les impresionó mucho, acostumbrados a los efectos malignos de los combates,
pero a cualquier otro le habría dejado marcado para el resto de sus vidas. Los
cuerpos de los siete agentes estaban llenos de sangre, algunos calcinados por
el fuego y todos ellos habían sufrido el apaleamiento sin compasión por parte
de los ciudadanos iraquíes. Apenas se les reconocía y varios de ellos, al
menos, carecían de documentación, que había sido robada. Los soldados
americanos cargaron los siete cuerpos y se los llevaron a su base.
Tiempo después, cuando
la noche se había apoderado del cielo, pasaron por la zona los tres
helicópteros Superpuma enviados por las tropas españolas estacionadas en
Diwaniya. Descubrieron los restos quemados de los dos coches españoles pero no
había nadie a quien salvar, ni siquiera cuerpos que recoger.
Siete españoles habían
fallecido y uno había salvado la vida sin que desde la sede central del CNI en
Madrid, dotada de los medios tecnológicos punteros, nadie fuera capaz de
ayudarles directamente o de conseguir la colaboración de las fuerzas armadas
aliadas. Los coches no llevaban una baliza para indicar su posición y algo
había fallado en las radios para que no pudieran enviar sus coordenadas. Sin
contar con que ocho espías estaban trasladándose por un país en guerra y nadie
sabía en cada momento dónde estaban. Y lo que es seguro, es que en todo el
mundo ningún grupo más en el CNI estaba pasando por una situación tan
conflictiva.
Además, la coordinación
entre los servicios de inteligencia aliados dejaba mucho que desear. Si hubiera
existido, los espías estadounidenses habrían informado a los españoles que en
ese mismo punto del mapa, unos días antes, un convoy de Global Security, una
empresa americana concesionaria del Pentágono en temas de seguridad, había
sufrido otro ataque.
30 horas después del
atentado, los féretros de los siete agentes, acompañados por el superviviente
Sánchez Riera, llegaron a la base aérea de Torrejón de Ardoz. En el Hércules
del Ejército del Aire que les transportó, viajaban también el ministro de
Defensa, Federico Trillo, y el director del CNI, Jorge Dezcallar, que se habían
desplazado a Irak nada más conocer el fatal desenlace.
Dezcallar guardó
silencio y Trillo no paró de explicar los datos que le llegaban del asalto. Un
ataque aleatorio, la posibilidad de que les hubieran confundido con agentes de
la CIA y una venganza perfectamente orquestada por la ayuda española a la
invasión, fueron tres de los motivos que barajó.
A las siete de la tarde
del domingo 30 de noviembre comenzaron los actos de despedida, controlados y
restringidos en todo momento por el CNI, para que sus decenas de agentes que
querían participar en el último homenaje a sus compañeros pudieran guardar la
clandestinidad que acompaña ineludiblemente a su trabajo. Pero también hubo un
número elevadísimo de militares, que habían compartido carrera con sus
compañeros, que deseaban participar en su último homenaje.
Los más afectados eran
los familiares, incapaces de creerse lo que había sucedido. Unos se habían
despedido de sus maridos, hijos, padres o hermanos hacía menos de una semana y
esperaban verlos al día siguiente. Iban simplemente a Irak de visita de
reconocimiento. Otros, los seres queridos de los que llevaban más tiempo
destinados en Irak, los habían visto hacía unas semanas o esperaban que
volvieran de vacaciones próximamente. Todos sabían que tenían una profesión de
riesgo, que apasionaba a la mayor parte de ellos. Que habían elegido
voluntariamente ir y que su trabajo les hacía felices. Pero eso no les servía
para evitar el dolor, aunque les daba orgullo para sentir que habían entregado
la vida por esa España que tanto querían.
Hubo un pequeño acto de
homenaje allí mismo y los cadáveres fueron trasladados posteriormente al
Hospital Central de la Defensa, antes llamado Gómez Ulla, donde se les hizo la
autopsia y se identificó con certeza quién era quién.
El dos de diciembre se
celebró el funeral de Estado en la sede del CNI. Solo se permitió la asistencia
de los familiares y de los amigos más íntimos, lo que obligó al resto a seguir
el acto desde una sala cercana adaptada para el momento con una gran pantalla
de televisión. Estuvieron presentes las principales autoridades del Estado,
encabezados por los Reyes y el Príncipe, el presidente del Gobierno y varios
ministros. Al finalizar la eucaristía, don Juan Carlos impuso a los fallecidos
la Cruz Oficial de la Orden del Mérito Civil a título póstumo. Un momento
emocionante que no lo fue para todos.
El motivo estaba en que
los fallecidos eran militares y muchos de los allí presentes echaron en falta
una condecoración militar. Esta llegó tiempo después y fue la Cruz al Mérito
Militar con distintivo amarillo. Un reconocimiento escaso motivado por el hecho
de que el Gobierno del Partido Popular defendía que en Irak no había guerra.
Motivos políticos guiaron una decisión que fue corregido cuando el PSOE llegó
al poder y el nuevo ministro de Defensa, José Bono, la sustituyó por la más
lógica Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo.
El cruel asesinato tuvo
una gran repercusión en la opinión pública. Miles de ciudadanos acudieron espontáneamente
a cualquiera de los lugares donde pudieran homenajear a los fallecidos. Así se
vio en las puertas del hospital donde los cuerpos permanecieron muchas horas o
en los funerales que las familias organizaron en sus ciudades natales tras el
del Estado. Eran héroes que habían entregado sus vidas al servicio de España.
Esta actitud popular de
dolor y las informaciones vertidas por los medios de comunicación pidiendo
explicaciones de los asesinatos, llevó al ministro Trillo a anunciar que “los
presuntos autores del ataque a los españoles fueron detenidos diez días después
en una acción conjunta entre fuerzas de la coalición y la policía iraquí”.
Trillo explicó en el Pleno Congreso de los Diputados que en Latifiya, lugar de
atentado, habían sido detenidas 41 personas entre las que se encontraban los
organizadores y los autores materiales de los asesinatos de los agentes
españoles.
Pocas horas antes, el
ministro había acudido a la Comisión de Secretos Oficiales del mismo Congreso,
acompañado del director del CNI Jorge Dezcallar, para anunciar la detención en
Bagdad de los cinco presuntos autores el 9 de octubre anterior de José Antonio
Bernal, el viceconsejero de Información de la embajada en Irak.
Esa información le
sirvió para salir del paso con efectividad, pero la realidad fue otra bien
distinta. Las tropas de Estados Unidos habían organizado una operación en
Latifiya contra grupos resistentes que atacaban organizadamente a todo lo que
olía a occidental. Pero su objetivo no fue capturar a los que tendieron la
trampa a los españoles, sino golpear a la resistencia. Nada sirvió
posteriormente para explicar el ataque o identificar a los que empuñaron las
armas, como queda demostrado en que los familiares de las víctimas no disponen,
diez años después, de una versión real de por qué fueron atacados. Algo similar
a lo que ocurre con los familiares de Bernal, el primer agente asesinado en
Bagdad, que sin duda acabaron con su vida por el fructífero trabajo que estaba
haciendo en Irak. Todos ellos siguen esperando una explicación, aunque ya
siguen sus vidas sin esperarla.
Unos meses después, el
22 de marzo de 2004, soldados españoles destinados en Diwaniya detuvieron a
Flayeh Abdul Zarha Anyur Al Mayali, que durante varios años había estado
prestando servicios de traductor y de intermediario a Alberto Martínez, el jefe
de la delegación del CNI desde el año 2000.
La historia demuestra
que la traición puede apoderarse de cualquier alma y que demostrarlo puede ser
harto complicado. Sin embargo, los hechos dejan más que dudas. Alberto Martínez
fichó a Al Mayali como traductor mucho tiempo antes de que se iniciara el
conflicto y no había nadie en Irak que fuese tan obseso de la seguridad como el
español. El iraquí era profesor en la universidad de Bagdad desde 1996 y los dos
se entendían a las mil maravillas. Martínez se defendía perfectamente con el
árabe, pero Al Mayali le hacía cada día la traducción de los artículos
interesantes de la prensa y de otros documentos que le pedía.
Tras el estallido de la
guerra, Al Mayali siguió trabajando como informador para el CNI e hizo de
traductor para periodistas españoles. Martínez confiaba tanto en él que no dudó
en pedirle, tras la llegada de las tropas españolas, que se trasladara a
Diwaniya para colaborar con los mandos militares españoles, que necesitaban a
un traductor de confianza en su relación con las autoridades y empresarios
locales. Al Mayali no solo cobraba de las tropas españolas, sino que se llevaba
un porcentaje de las transacciones comerciales que llevaba a buen puerto.
Tras el asesinato de su
mentor del CNI y de otros seis agentes, Al Mayali se sintió destrozado y así lo
comprobaron todos los que en esos días tuvieron relación con él. Sin embargo,
los investigadores del CNI en Irak consiguieron algunas pistas que hablaban de
un comportamiento extraño del traductor y pidieron al general Fulgencio Coll,
jefe de la Brigada Plus Ultra, que ordenara su detención. Así lo hicieron y lo
trasladaron a la base de Diwaniya. Durante cuatro días fue interrogado por
personal del CNI que no consiguió arrancar de él una confesión inculpatoria. Al
Mayali denunciaría posteriormente que esos días le colocaron una capucha en la
cabeza, le impidieron dormir y le sometieron a insultos e interrogatorios
constantes. Un trato inhumano y degradante.
Pasados esos días, fue
entregado a las autoridades estadounidenses, que le tuvieron once meses
encerrado en varias prisiones iraquíes, entre ellas la de Abu Ghraib, tristemente
famosa por las fotos difundidas mundialmente con las torturas a que sometían a
los presos, y la de Um Qsar. Ni los españoles ni los americanos encontraron
pruebas contra él y fue finalmente puesto en libertad sin cargos.
Mandos del CNI contaron
en algún momento a los familiares, en las reuniones que mantenían con ellos,
que sospechaban que el traductor podía haber delatado a los agentes, pero con
el paso del tiempo abandonaron esa versión. De hecho, antes de la detención de
Al Mayali, el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu decidió el
sobreseimiento provisional de la causa abierta por el asesinato de los siete
agentes. En su escrito especificaba que hasta la fecha –mediados de febrero de
2004- “no se ha llegado a determinar la identidad de las personas implicadas en
los hechos descritos”. Las palabras rotundas de Federico Trillo en una
entrevista concedida a El Mundo y publicada el 8 de diciembre de 2003, quedaron
en nada: “Perseguiremos a los asesinos de los agentes del CNI hasta el fin del
mundo”.
La parte de las
investigaciones realizadas por el CNI que han podido ser conocidas y las
realizadas por otros servicios y periodistas, han sacado a la luz algunos datos
importantes. El primero es que el servicio secreto de Sadam Husein tenía puesto
en el punto de mira a Alberto Martínez y a José Antonio Bernal, los dos agentes
con los que habían mantenido estrechas relaciones durante la dictadura. Les
conocían bien, habían creado lazos de confianza y tras la invasión de Estados
Unidos descubrieron que les habían estado engañando y solo se podían fiar de
los espías franceses y alemanes. Sentimiento similar al que albergaron algunas
fuerzas de la oposición, especialmente los chiíes.
Por esta razón, fue un
fallo clamoroso que habiendo sido asesinado Bernal en octubre, los mandos del
CNI no ordenaran el inmediato regreso de Martínez. Y más cuando Carlos Baró, el
jefe del otro equipo, informó al coordinador de la operación en Madrid, que
Martínez era demasiado conocido en Irak y que peligraba la misión. Pero eso no
fue todo: semanas antes del atentado, Martínez y su segundo, Luis Ignacio
Zanón, empezaron a recibir llamadas amenazadoras.
En el CNI valoraron los
riesgos, aunque primó la necesidad de obtener información: nadie conocía el
mundo de las alcantarillas de Irak como Martínez y su papel para garantizar la
seguridad de las tropas españolas lo consideraron insustituible.
Alberto Martínez
consideró que los responsables del asesinato de su compañero y amigo José
Antonio Bernal habían sido los seguidores chiíes de Muqtada Sadr. Y había
advertido a sus jefes del nacimiento de un mando unificado de la resistencia,
en el que estaban los extremistas suníes, los terroristas de Al Qaeda y los
extremistas chiíes. Entre ellos y el servicio secreto de Sadam estuvieron los responsables del atentado.
Los actos de homenaje a
los caídos no pararon. El más emotivo para los familiares sucedió el 14 de
julio de 2004, en la sede central del CNI en Madrid. Ese día, el ministro Bono
inauguró un monumento, una llama de bronce colocada sobre un muro de acero con
los nombres de los siete asesinados en Latifiya y Bagdad.
Antes de que se
cumpliera el octavo aniversario de los asesinatos, el CNI abrió una nueva sala
de operaciones con los más modernos medios tecnológicos. La bautizaron, junto
con los familiares, como “Héroes de Irak” y dentro, distribuidos por las
paredes, están las fotos de los siete agentes asesinados ese día y la de Bernal.
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