viernes, 7 de febrero de 2014

John Le Carré, el espía surgido del frío

Fue un secreto guardado celosamente. Durante años, hubo muchos comentarios que señalaban a John Le Carré, el mejor escritor de novelas de espionaje, como un antiguo agente de los servicios secretos ingleses. Tuvieron que pasar décadas antes de que reconociera su apasionante labor como agente secreto. Esta es su historia.

“Sí, sería ingenuo negarlo ahora. Primero estuve en el MI5 y después en el MI6. Pero nunca hablo sobre lo que hice; sencillamente, no se puede”. Corría el año 1993 cuando el gran escritor David Cornwell, conocido en el mundo entero como John Le Carré, reconoció al fin que su profundo conocimiento sobre el mundo del espionaje inglés no se basa exclusivamente en su capacidad de investigación, sino en que había sido uno de ellos.


El creador de ese personaje apasionante que fue Smiley reconoció, en una entrevista concedida a Abc, que su carrera comenzó cuando estaba estudiando en la Universidad de Berna, en Suiza: “Me encontraba muy integrado en la comunidad inglesa. Un diplomático me encargó algunos trabajos tan triviales y minúsculos que realmente no tenían ninguna importancia, pero yo iba por el mundo considerándome el mayor espía del mundo y le entregaba un paquete a un caballero en Ginebra o buscaba a alguien con un ejemplar de la revista Time de la semana pasada. Fuere como fuere, yo me veía como la personificación masculina de Mata-Hari”.


Después, Cornwell fue a estudiar al Lincoln Collage de Oxford, donde le encargaron espiar a sus compañeros para detectar la presencia de agentes soviéticos: “Existía la convicción de que los rusos, los soviéticos y sus aliados, tratarían de reclutar entre las filas de los estudiantes de Oxford en los años cuarenta de la misma manera que lo habían hecho en Cambridge durante los años 30”.


Posteriormente, “fui reclutado por las ramas civil y militar de los servicios de inteligencia. Creo que cuando se me presentó la opción me pareció intensamente atractiva. Es como si toda mi vida hubiera sido una preparación para ese momento. Era entrar en el sacerdocio”.


Tras cumplir los 21 años, fue enviado a Viena: “Era absolutamente necesario y desde luego una gran responsabilidad para alguien aún muy joven. Pero allí fue donde aprendí los rudimentos del espionaje”.


El origen de su alias John Le Carré está en que cuando se decidió a publicar su primer libro en 1961, sus jefes no le pusieron problemas, pero le advirtieron que siendo espía no podía utilizar su auténtico nombre. Así que un día, mientras iba en autobús lo tomó prestado del anuncio publicitario de una sastrería.


Desde 1960 hasta 1964 trabajó en la embajada inglesa en Bonn. Allí contempló cómo se levantaba el muro de Berlín, lo que le llevó a escribir su primera gran novela “El espía que surgió del frío”. Poco después, gracias al gran éxito que obtuvo, abandonó el MI6. El espionaje perdió un gran agente y los lectores ganamos al mejor de los novelistas.

martes, 4 de febrero de 2014

Las mentiras de Obama: la droga fue el pretexto para espiar al gobierno mexicano

Mucho se ha comentado y se comenta sobre el espionaje masivo llevado a cabo por la NSA estadounidense, sacado a la luz por Edward Snowden. La principal defensa esgrimida por Obama y las autoridades de su gobierno se basa en que su principal objetivo era el terrorismo y la lucha contra el narcotráfico. En general, era un arma del mundo libre contra los peligros que nos acechan.
El estudio de caso de México puede arrojar luz sobre las verdaderas intenciones del espionaje tecnológico que ha asolado –y sigue haciéndolo- todo el mundo.
A finales de la pasada década, la NSA desplegó todos sus esfuerzos en el México dirigido por el presidente Felipe Calderón. Dirigida por la unidad llamada “Operaciones de acceso a la Medida”, se pusieron en marcha informáticos destinados en San Antonio, Texas, y en las embajadas estadounidenses en México y Brasil. En una operación, sin duda brillante, consiguieron meterse en el principal servidor del país. 
El objetivo, siendo sucio, inicialmente tenía un tinte positivo: obtener información sobre los cárteles de la droga que asolan el país. Pero era únicamente una explicación para justificarse. La realidad es que la operación permitió el acceso a un servidor de correos que utilizaba el presidente Calderón, todo su equipo y los funcionarios de la Secretaría de Seguridad Pública, que en 2009 estaban precisamente diseñando la súper secreta Estrategia Nacional de Seguridad.
Gracias a su invasión de las comunicaciones, la NSA realizó en 2009 260 informes que permitieron a los políticos estadounidenses no detener narcotraficantes, sino resolver con éxitos asuntos políticos y conseguir negocios internacionales.
Esta acción permitió también llevar a cabo un espionaje del actual presidente Enrique Peña Nieto cuando era candidato a la presidencia. En el verano del año pasado, la NSA espió sus conversaciones y almacenó 85.489 mensajes de textos provenientes de todos los miembros de su equipo.
A todos estos detalles desvelados gracias a Snowden hay que sumar las revelaciones hechas por Wikileaks con la publicación de los papeles del Departamento de Estado que dirigía Hillary Clinton. En diciembre de 2010 pidieron desde Washington a la embajada en México que investigaran la personalidad y el liderazgo de Felipe Calderón.

La historia comenzó con la, digamos, sana intención de luchar contra el narcotráfico, pero todo acaba en lo mismo. Estados Unidos dice una cosa al mundo y la realidad es que buscan información sobre todo y todos para saciar sus propios intereses económicos y estratégicos.

lunes, 27 de enero de 2014

EE.UU. no se atreverá a matar a Snowden en suelo ruso

Edward Snowden lo ha denunciado con toda la claridad posible en una entrevista concedida a la televisión pública alemana ARD: el gobierno de Estados Unidos quiere matarle. Es lógico que el ex agente de la NSA, asilado en Rusia, lo grite lo más alto posible. Así deja patente ante todo el mundo que si le pasa algo, que si enferma de repente o le pegan un tiro, habrá que mirar directamente al presidente Obama.
La realidad es que al poderoso grupo de profesionales del crimen de la CIA no se les ocurrirá atentar contra una persona tan famosa en el mundo, precisamente porque supondría una ruptura de las relaciones entre su país y la Rusia de Putin. Sería una violación de las leyes internacional que tendría un coste tremendo para Obama.
Israel lo ha hecho con frecuencia en su cruzada contra los grupos terroristas enemigos, pero es una excepción mundial sin equivalencia con el caso Snowden. El informático no es un terrorista. La Administración estadounidense le persigue por espionaje y traición, delitos habituales en el mundo del espionaje. Espías rusos como Oleg Gordiesky, perteneciente a la KGB, pasaron secretos a la CIA y antes de que le detuvieran fue acogido en el llamado mundo libre. Por contra, traidores como Aldrich Ames o Robert Hanssen, que desnudaron a la CIA y al FBI, fueron pillados in fraganti y dormirán hasta el final de sus días en prisiones de máxima seguridad.
Las autoridades de Estados Unidos mantendrán la presión sobre Snowden -como la mantienen contra el wikileaks Julian Assange- para que a cualquiera que se le pase por la cabeza vender secretos del país sepa que no cesarán en destrozarle la vida.
Alexander Litvinenko, ex del KGB, fue envenenado en Londres por los rusos, aunque siempre lo hayan negado. Estaban hartos de él, pero el caso es distinto al de Snowden. Una democracia como la de Estados Unidos, a pesar de la falta de respeto que mantienen a las leyes internacionales con los asesinatos selectivos de yihadistas, no sería comprendida ni siquiera por los propios norteamericanos. Snowden es un traidor, pero es uno de ellos.

viernes, 24 de enero de 2014

Maclean, el traidor más guapo que no quiso salir del armario


Cada uno de los cinco traidores tenía una personalidad especial, sorprendente para la época. Entre esas características estaba la homosexualidad de varios de ellos.

El auge del nazismo en la década de los años 30 llevó a muchos jóvenes a militar en el comunismo. Estos movimientos se asentaron en los ambientes universitarios, donde tuvo su origen “El quinteto de Cambridge”.

Uno de sus miembros, Donald Maclean, tenía unas características poco comunes entre los espías clásicos de la época. Hijo de un preboste del Partido Liberal, de joven destacaba por su belleza y por ser demasiado blando. De hecho, hizo papeles de chica en varias representaciones escolares y sus compañeros le conocían como “lady Maclean”.

Estudió  en Cambridge Lenguas Modernas y militó furibundamente  en el comunismo. Incluso escribió artículos en la revista de la universidad mostrando sin tapujos sus ideas políticas. Pero, como el resto de sus compañeros de la red, cuando abandonó la universidad renegó públicamente del comunismo para poder acceder al Foreign Office. Como era un cerebrito y hablaba alemán y francés, aprobó los exámenes con sólo 22 años.

Tras pasar un tiempo dedicado a la burocracia en Londres, en 1938 fue destinado a París, donde realizó un buen trabajo, aunque se sintió  atraído por la bohemia de la ciudad. Así sería su vida en el futuro: por un lado serio y trabajador y por el otro un alocado soñador.


Casado y homosexual


En París conoció a la americana Melinda Marling, que se convirtió  en su esposa, y convivió una temporada con su amigo Kim Philby, destacado en la zona como periodista, que notó que su timidez de joven había cambiado hasta convertirse en un emprendedor diplomático.

En 1940, Maclean volvió a Londres, donde en compañía de Kim Philby y Guy Burgess conoció a Otto Katz, el agente del servicio secreto ruso que impulsaría y controlaría sus actividades como espía.

En abril de 1943 fue destinado a Washington, a un puesto que le permitió tener acceso a informes secretos de mucha utilidad para los comunistas. Incluso participó en el Comité de Política Combinada sobre Energía Atómica, cuyos estudios envió secretamente a sus contactos rusos.

Esta actividad le afectó a los nervios, como a cualquier topo, aunque con la diferencia de que Maclean no tenía una personalidad preparada para hacer frente a las situaciones de tensión extrema. Combatió sus problemas dándose a la bebida, lo que le indujo a mostrar en público sus convicciones antiamericanas.Por suerte para él, fue destinado a El Cairo, destino al que se trasladó  acompañado de su mujer y sus dos hijos.

Allí siguió espiando para los rusos y paralelamente aumentó su dependencia del alcohol, que le descontroló hasta llevar a emborracharse continuamente en público y a tener sus primeros ligues homosexuales.

El conocimiento de su vida disipada provocó que le obligaran a regresar a Londres, donde se salvó de ser expulsado del Foreign Office a cambio de ir al siquiatra, que le convenció de que se tomara seis meses de vacaciones. En ese tiempo, acudió a un siquiatra privado que le aconsejó que no ocultase sus tendencias gays.


Alertado, huye a Moscú antes de ser interrogado


Pasados los meses de descanso forzoso, retornó al trabajo. Fue destinado a la jefatura del departamento americano, donde recuperó su faceta de agente secreto ruso.

Pero el 25 de mayo de 1951, su amigo Burgess, que trabajaba en el servicio secreto, le anunció que los americanos sospechaban de sus actividades y que habían recomendado a sus colegas ingleses que le interrogaran. Maclean no se lo pensó dos veces y decidió huir con su compañero a Moscú.

En Rusia trabajó para los el servicio secreto y dos años después de su llegada fue a acompañarle su mujer Melinda. Su vida de alcohol y ambigüedad sexual no acabó bien. Pasados los años, Philby tuvo que huir también y no tardó mucho en seducir a Melinda. Maclean murió solo.

miércoles, 15 de enero de 2014

Los amores secretos de los presidentes franceses: Miterrand hizo lo mismo que Hollande

La historia se repite una y otra vez. Con frecuencia, las personas que ocupan los mismos cargos tienden a llevar vidas paralelas. Esto viene a cuento del escándalo que asola Francia estos días a raíz de descubrirse que su presidente Francois Hollande está unido sentimentalmente a Valerie Trierweiler y, al mismo tiempo, mantiene una relación con la actriz Julie Gayet.
Estos acontecimientos son una curiosa repetición de los vividos hace 30 años en el mismo palacio del Eliseo. Entonces el presidente se llamaba también Francois, aunque el apellido era Miterrand. Político de carisma, tuvo la destreza de ser consciente desde el primer momento de que la tormentosa vida privada que llevaba necesitaba estar escondida detrás de un tupido velo para que la opinión pública la desconociera y no le impidiera ser reelegido unos años después. 
Miterrand estaba casado legalmente, pero cerca de su despacho tenía una casa en la que vivían Anne Pingeot, su amante, y Mazarine, su hija. Nadie conocía su existencia, para lo que encargó a su espía privado, Francois de Grossouver, que se encargara de que la prensa nunca publicara esa relación.
Miterrand sabía que ese secreto y otros que mantenía alejados de sus votantes exigían un servicio de inteligencia propio, para lo que no le servía el espionaje francés. Así que creó la llamada "Célula del Elíseo" para que se ocupara de sus asuntos personales.
Y lo consiguió. No solo mantuvo en secreto su vida privada, sino que consiguió evitar que el pueblo francés descubriera que padecía un cáncer que le impedía trabajar normalmente y que si hubiera sido conocido seguro que habría impedido su reelección como presidente de la república.
Una vez que consiguió ganar de nuevo unas elecciones, todo se supo, pero ya poco le importaba. Hollande ha sido más honesto y la bomba le ha estallado en las manos.
Ah, como pasa en todos estos asuntos, sería muy interesante saber quién o quiénes han sido los que filtraron la relación a los medios de comunicación. Sin duda, sus enemigos.

viernes, 10 de enero de 2014

Guy Burgess, el espía obseso sexual, juerguista y bebedor sin límite


¿Se puede ser espía siendo un obseso sexual, juerguista y bebedor sin límite? Cualquier oficial de inteligencia actual diría rotundamente que no, pero la historia demuestra todo lo contrario, por increíble que pueda parecer.

Guy Burgess fue uno de los mayores impulsores del “Quinteto de Cambridge”. Puso su empeño no sólo en espiar para los soviéticos, sino en reclutar a otros miembros para la red. Su capacidad de no levantar sospechas estaba inicialmente fundamentada en pertenecer a una familia de garantías, en la que su progenitor era militar. Entró en Cambridge para estudiar Historia y rápidamente se convirtió en comunista, aunque sin renunciar en ningún momento a la vida bohemia y despreocupada que tanto le apasionaba. Beber y flirtear con otros hombres formaba parte de su cotidianidad, lo que le formó una coraza que hacía que nadie pensara que alguien así pudiera ser un ferviente comunista.

Cuando entró a trabajar en el Foreign Office, ya era un peculiar militante del Partido Comunista, que seducía en las elegantes fiestas a las que acudía no por sus ideales revolucionarios, sino por su encanto burgués, su talento y simpatía. En el trabajo en el ministerio de Exteriores, empezó rápido a sustraer los informes confidenciales que podían interesar a los rusos, se los llevaba por la noche a su controlador para que los fotografiara y los devolvía al día siguiente sin que nadie se enterara.

Su trabajo como espía durante la Segunda Guerra Mundial y en la época de la Guerra Fría fue muy bueno, pero su tipo de vida le hacía caminar por un peligroso y delgado hilo. En 1951, coincidieron en Estados Unidos, Donald Maclean, Kim Philby y él. Incluso Guy estuvo viviendo en casa de Kim, que era uno de los pocos amigos que sabía conducirle en su disipada vida. Pero Philby, que trabajaba en el servicio secreto inglés que le había destinado de enlace con la CIA, descubrió que los norteamericanos sospechaban de que Maclean y quizás Burgess podían ser unos traidores, por lo que les alertó para que huyeran rápidamente. 

Una estancia deprimente en Rusia 

Analizadas las posibilidades con el controlador soviético, decidieron que Maclean debía escapar inmediatamente. No está muy claro si resolvieron que Burgess también desapareciera o que simplemente le acompañara en el inicio de la huida y luego regresara. En cualquier caso, Burgess se asustó más de la cuenta pensando en la cárcel que le podía estar esperando en Inglaterra y optó por largarse a Rusia.

Allí los dos fueron excepcionalmente recibidos, especialmente porque los de la KGB disfrutaron como enanos contemplando públicamente el espectáculo de caos y crisis que se adueñó de sus colegas del servicio secreto inglés cuando el mundo se enteró de la infiltración durante años de dos topos.

Maclean se adaptó muy bien a su nueva vida, pero Burgess lo pasó  fatal. Nunca se molestó en aprender una sola palabra de ruso, bebió aún más descontroladamente, se empeñaba en vestir su vieja ropa inglesa y a pesar de lo mal visto que estaba en aquella época en la Unión Soviética, siguió ejerciendo activa y públicamente su homosexualidad.

Fue tan detestado en silencio por las autoridades soviéticas, que en los días anteriores a su muerte no permitieron a su antiguo amigo Philby –que ya había desertado, confirmando que era “El tercer hombre”- que fuera a visitarle al hospital donde agonizaba. En su testamento, le dejó a su colega Kim su biblioteca, sus abrigos de invierno y el poco dinero que le quedaba. Burgess fue bueno como espía, pero un desastre como persona.

miércoles, 8 de enero de 2014

El día que España reconoció en secreto a Cuba y el consiguiente escándalo

Hay una diplomacia oficial y otra secreta. La oficial la protagonizan los ministerios de Asuntos Exteriores y la secreta la llevan a cabo los servicios de inteligencia. Cada una tiene sus funciones y se sustituyen cuando la situación política lo recomienda. La primera es pública y la segunda es oculta. Cuando un país quiere mantener relaciones con otro, pero no quiere que se conozca el acercamiento, lo que hace es poner en marcha a su agencia de espionaje.
Esto es lo que ocurrió durante los años 80 en España con Cuba. El presidente del gobierno era Felipe González, que siempre había mantenido una cierta simpatía con Fidel Castro, quien le mandaba habitualmente sus mejores puros como regalo. Eran tiempos en los que el servicio secreto español, entonces llamado CESID, estaba dirigido por Emilio Alonso Manglano, un hombre listo, con una mano derecha de alabar.
En temas de espionaje no había -ni hay- amigos o enemigos y Manglano lo sabía perfectamente. Eran tiempos en los que el CESID estaba ampliando su red en el extranjero, poniendo énfasis especial en la América de habla hispana. El reto les apareció con claridad: ¿Por qué no establecer relaciones con Cuba, un país tan cercano a nosotros? Dicho y hecho. Manglano se lo planteó a González y consiguió su autorización.
Con el máximo secreto, como se hacen estas cosas, el CESID mantuvo unas largas conversaciones con el G2 y acordaron autorizar el establecimiento de delegados en los dos países, que sirviera como cauce para solventar los problemas diplomáticos.
Una vez cerrado el acuerdo, la noticia llegó a los servicios secretos de la OTAN que estallaron contra el CESID. Tanto, que convocaron una reunión de urgencia del órgano de la Alianza Atlántica encargado de los servicios de inteligencia. Allí Manglano explicó que no les iba a pasar información de los aliados -algo obvio- y que era mejor relacionarse con ellos que no hacerlo. Los más cabreados fueron los de la CIA, que mostraron su cabreo pero no pudieron hacer nada para impedirlo.
Con el paso de los meses, los servicios occidentales terminaron recurriendo al CESID para conseguir un acercamiento a los cubanos, aunque la CIA nunca lo intentó. España fue precursora en el tema, como lo sería también en su acercamiento al temible KGB ruso.