martes, 27 de noviembre de 2018

Alfonso Vega, el espía asesinado que escondía micrófonos en sedes de etarras e hizo de mendigo en una mezquita para cazar yihadista

Alfonso Vega fue uno de los siete agentes del CNI asesinados durante una trampa en Irak el 29 de noviembre de 2003. Era un agente operativo de los mejores que había tenido La Casa. Esta es su apasionante historia.
Tomó cervezas en batzokis de San Sebastián con radicales de la izquierda abertzale, siguió hasta México a pistoleros de ETA, colocó micrófonos en embajadas sospechosas de apoyar el terrorismo, controló en Bosnia a los comandos de la muerte y pasó días pidiendo limosna a las puertas de una mezquita esperando la llegada de un terrorista islamista.
Son solo unas pocas de las misiones que llevó a cabo Alfonso Vega, un afamado James Bond destinado durante 13 años en la División de Acción Operativa del servicio secreto español. Un hombre que nació para estar en primera línea de combate, que nunca quiso ser otra cosa que un hombre de acción al servicio de España.
Nació en Stuttgart (Alemania) en 1962, cuando su padre guardia civil había abandonado la profesión y había emigrado en búsqueda de un futuro mejor. A los 20 años ingresó en la Academia General Básica de Suboficiales con uno de los primeros números. Era muy estudioso, trabajador, duro, increíblemente duro, y militarmente enérgico. Hizo el curso de Operaciones Especiales en Jaca, que muchos comienzan pero pocos acaban. De ahí pidió destino en los Grupos de Operaciones Especiales, primero en Oviedo y luego en Burgos. Aquí fue captado por el servicio secreto. Corría el año 1990, Alfonso tenía 28 años.
Su principal enemigo fue la banda terrorista ETA. En San Sebastián hizo amigos en los ambientes abertzales, iba a tomar copas y a escuchar conversaciones a los batzokis. Escondió micrófonos muchas veces gracias a arriesgadas penetraciones clandestinas en pisos y sedes. En alguna ocasión, hasta los colocó intencionadamente mal para que los etarras los descubrieran y pensaran que el servicio había centrado sus esfuerzos en una de sus sedes y en la otra hablaran con tranquilidad pensando que estaba limpia. Se desplazó a México persiguiendo los movimientos de los etarras, en una época en la que en ese país los terroristas pasaban desapercibidos y se creían fuera de control.
De todo ello nunca contaba nada a su familia, a pesar de la satisfacción que sentía por el deber cumplido. A su madre, curiosa a veces, la decía que era mejor que no supiera nada de su vida profesional. Al resto les explicó en su momento, para dejarlo claro, que “cuanto menos se habla, más seguridad”.
Especializado en la lucha terrorista, también participó en misiones relacionadas con los radicales islamistas. En una ocasión se pasó varios días pidiendo limosna en la puerta de una mezquita para así poder pasar desapercibido y detectar la presencia de sospechosos vinculados con el terrorismo.
Una vez participó en la entrada clandestina en una embajada extranjera en Madrid, en la que tenían que abrir la caja fuerte y fotocopiar todos los documentos guardados allí. Para hacerlo sin ser detectados, no se les ocurrió otra manera que provocar un incendio en el edificio anejo, esperar la llegada de los bomberos y aprovechar la confusión para llevar a cabo el trabajo.
Después de todas esas misiones y muchas más, se fue destinado un año a Bosnia. Chapurreaba el inglés y el francés y antes de desplazarse empezó a estudiar cirílico.
El exceso de trabajo no le impidió nunca volcarse con su familia y ser un buen hijo. En ese tiempo, descubrieron un cáncer muy grave a su padre. Alfonso vivía en Madrid y muchos días al terminar su labor cogía el coche y se iba al hospital de Salamanca para quedarse a pasar la noche con él y que su madre pudiera irse a casa a descansar. Al día siguiente, sin dormir, regresaba al trabajo y cumplía con su jornada como si nada.
Sus ansias de cumplir con las misiones más arriesgadas le animó a solicitar una plaza en Irak. En julio de 2003, viajó acompañado de Carlos Baró, el agente con el que formaría equipo. Los otros dos miembros del grupo, Alberto Martínez y Luis Ignacio Zanón, llegaron en agosto.
Alfonso se puso inmediatamente a trabajar en antiterrorismo. Se movía por el país con cierta naturalidad gracias a su enorme destreza para convertirse en un camaleón. Se dejó un gran bigote y se enfundó una túnica local blanca.
Uno de los contactos secretos que Alfonso mantenía en Bagdad para intercambiar información era el capitán de navío Manuel Martín-Oar, destinado en el Consejo de Cooperación Internacional dependiente de la ONU. El 18 de agosto, Alberto se reunió con el capitán de navío en su despacho de la ONU. Tras el encuentro, abandonó el edificio y regresó hacia su zona de trabajo. Quince minutos después, un atentado terrorista con bombas segó la vida del capitán de navío. Se salvó por poco.
A principios de noviembre tuvo un par de semanas de vacaciones en España. La mayor parte del tiempo lo pasó con su mujer, Isabel Martín, y sus hijos Patricia y Alejandro. No regresó a su trabajo hasta acercarse a Lérida para pasar un día con sus padres, su hermano y su familia, que estaban en Gerona. Antes de despedirse, al ver la cara de tristeza de su madre le dijo que no se preocupara, pues volvería antes de que comenzaran las fiestas de Navidad.
Unos días después de su regreso a Irak, recibió junto a los otros tres agentes allí destinados –Martínez, Zanón y Baró- a los cuatro que un mes después les sustituirían en la misión. El 29 de noviembre, les tendieron una trampa y perdió la vida intentando hacer frente a los atacantes.  
Los padres, dos buenas personas, sobrellevan como pueden la pena de haber perdido a su hijo, para lo que les ayuda lo bien que se ha portado con ellos todo el mundo. Araceli, la madre, ha guardado en un álbum los recortes con las cartas que recibieron en aquellos días y con las fotos de los homenajes que recibió su hijo en diversas localidades.
Muy emotivo fue el que le rindieron en la sede de los agentes operativos, en El Pardo (Madrid). Allí descubrieron una placa: “Alfonso Vega Calvo, muerto en combate en Al Latifiya (Irak) el día 29 de noviembre de 2003. Sólo el orgullo por su heroica muerte supera el dolor de su pérdida. La División de Acción Operativa”. Junto al texto aparece el escudo del CNI y el del grupo operativo, que es una tela de araña con el machete de operaciones especiales y el lema “lo difícil está hecho, lo imposible se hará”.
         Después siguieron otros actos de reconocimiento a su labor como un homenaje en Bamba de Vino, al que asistió la secretaria general del CNI, en el que entregaron a la familia la medalla de oro de la diputación y descubrieron una placa en su honor en una de las calles del pueblo.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Alberto Martínez, el espía amenazado por los rebeldes al que el CNI debió sacar de Irak

Alberto Martínez era el jefe de estación del CNI en Irak antes de la invasión estadounidense del país en 2003 y lo siguió siendo después. Estaba amenazado por los rebeldes, en el CNI lo sabían, pero decidieron no sacarle del país. Él tampoco quiso dar un paso al lado, siempre deseó cumplir su misión.  Uno de los mejores agentes que ha tenido el servicio secreto español. Esta es su historia.    
El 17 de junio de 2000, el agente del servicio de inteligencia Alberto Martínez emprendió viaje hacia Irak para hacerse cargo de la Consejería de Información de la Embajada española. Su constancia y responsabilidad convertirían sus casi 3 años y medio de estancia en el país en un calvario en el que lo dio todo para conseguir esa información oculta que sus jefes del servicio de inteligencia y el gobierno le demandaban. Otra cosa fue que no valoraran adecuadamente sus informes y el trabajo de investigación que a la postre le costó la vida.
         Alberto era comandante del Ejército de Tierra cuando aterrizó en Bagdad, su primer destino en el extranjero. Unos meses antes había pedido varias vacantes en el extranjero, entre las que estaban Estados Unidos e Irak. El 30 de noviembre de 1999 regresó a casa para comer, según recuerda su mujer Charo García Areces: “De repente soltó: ‘Hemos tenido mala suerte, me ha tocado Irak’. Ahí nos cambió la vida”.
Nada impidió que a partir de ese momento se volcara plenamente en la preparación de su nueva misión. Empezó a estudiar árabe, profundizó en el inglés e hizo un curso específico de tres meses en el CNI para conocer todo lo posible de su nuevo trabajo en el extranjero.
Lo que allí se encontró le decepcionó bastante. Sus antecesores se habían arriesgado poco y no habían tejido una red de colaboradores adecuada para conseguir la mejor información posible. Motivo de más para que Alberto se dedicara en cuerpo y alma a su nueva tarea.
El primer año fue intenso y agrio. No tenía a su familia con él y sufría bastante la soledad. Trabajaba tanto que no pensaba en los suyos para no aumentar su sufrimiento. Por suerte todo cambio de agosto de 2001. Pudo llevarse a su mujer y a su hijo, con lo que consiguió un tiempo para desenchufar.
Cuando se produjeron los atentados del 11-S, Alberto se movía con seguridad por las calles de Bagdad y de cualquier ciudad iraquí. Al volante de su Nissan blanco iba de un sitio a otro para mantener entrevistas con sus contactos en todos los grupos religiosos o laicos del país. Nunca olvidaba una pistola escondida en el cinturón y la prudencia como compañera.
El trabajo se lió tras el apoyo de Aznar a Bush. Las fuentes que tanto tiempo le había costado conseguir empezaron a recelar. Algunos de sus contactos le pidieron cobijo en España antes de que comenzaran los bombardeos. Lo intentó, pero sus jefes en el CNI no le apoyaron.
Alberto supo desde su vuelta a España que en cuanto los americanos ocuparan Irak debería regresaría. Lo hizo consciente de que el nuevo Irak iba a ser muy distinto al que se encontró nada más llegar. Habría que extremar las medidas de seguridad y recuperar en lo posible a sus disgustadas fuentes.
Aunque, a veces, el enemigo parecían ser los propios estadounidenses. Un día que iban en el coche con Bernal, les detuvieron en un control americano de carretera. Les hicieron bajar y les pidieron la documentación. Los dos enseñaron su acreditación oficial, pero el soldado les dijo que debían entregarle sus armas, pues nadie podía llevarlas. Alberto se puso furioso, pero Bernal le calmó: “no vamos a conseguir nada, estos son cuadriculados y se limitan a cumplir escrupulosamente las órdenes”. Los dos se fueron de allí sin sus pistolas y presentaron una queja diplomática. Tiempo después les enviaron dos pistolas a estrenar, pero no las suyas.
Alberto estuvo dos meses en Irak dedicando el poco tiempo libre que le dejaba su tarea diaria a pensar en el nuevo destino que pediría a su regreso a España. Su aspiración era irse con un cargo de responsabilidad al País Vasco, otro sitio de acción, en el que esperaba rentabilizar la amplia experiencia que había adquirido.
Inicialmente debía volver a finales de junio, pero un retraso en la llegada de su sustituto le obligó a posponer la vuelta hasta el 19 de julio. Ya sabía que el destino que le habían concedido era Bilbao, pero no como jefe, lo que él deseaba y sin duda merecía.
No obstante, llegó feliz por poder pasar una larga temporada con su familia. El relax le duró tres días. Una llamada telefónica del responsable en Madrid de la operación en Irak lo trastocó todo. Habían decidido volver a mandarle seis meses a Nayaf en una misión de protección de las tropas españoles que el gobierno había decidido enviar a Irak. El CNI no tenía a nadie tan preparado. “Se le iluminó la cara. Lo necesitaban y tenía que acudir”, recordó su mujer.
Se instaló en un pequeño dormitorio en la sede de la Brigada Plus Ultra, en peores condiciones de las que había tenido cuando estaba destinado en Bagdad. De hecho, le contó a su mujer que el 5 de octubre fue a visitar a su amigo Bernal y le había parecido que vivía estupendamente.
Fue la última vez que estuvo con él. Cuatro días después le mataron. Martínez lo vivió como un drama personal. No pensó en sí mismo, pero sabía que los enemigos que los dos habían hecho en Bagdad también le perseguían a él. Su mujer lo recuerda: “Yo sabía que Alberto había destacado mucho y era su objetivo. Desde el primer año estaba fichado porque se implicaba mucho en su trabajo de investigación y era persona non grata para el servicio de inteligencia de Sadam. Me dijo irónicamente que le habían sacado tarjeta roja”.
En la sede central del CNI vieron el peligro que cercaba a Martínez, pero decidieron mantenerle en Irak porque nadie como él conocía lo que allí estaba pasando. Se dejó un amplio mostacho, cambio su fisonomía y le prohibieron regresar a Bagdad. Vestido con una túnica –debajo de la cual escondía siempre su pistola- parecía un iraquí más.
Siguió con su trabajo igual que antes, como buscar el paradero de Sadam Husein. Él y Bernal facilitaron pistas para cazar a los hijos, acostumbrados a una vida de lujo y mujeres y no a esconderse en un hoyo. Pero lo del padre resultó más rocoso. Esta obsesión molestó a sectores iraquíes cercanos a los servicios secretos de Sadam, que habían mantenido su estructura tras la invasión de Estados Unidos.
A pesar de su ingente trabajo, Alberto discutía cada vez más con sus jefes en Madrid, se sentía incomprendido, pensaba que no le agradecían el esfuerzo que estaba realizando. Tuvo unas últimas cortas vacaciones para disfrutar de su familia en Valladolid y a los pocos días de volver a Irak el atentado segó su vida. Nadie había hecho tanto por España en Irak como Alberto Martínez.


viernes, 23 de noviembre de 2018

José Antonio Bernal: "Yo me quiero ir a Irak,si me sale bien, bien; si me sale mal, mal" (II)

Tras la narración de lo que pasó en Irak hace 15 años, ahora comienzo a contar la historia de cada uno de los agentes, sus secretos y ansias, sus sueños perdidos, su valor...
José Antonio Bernal llegó a Bagdad el 17 de septiembre de 2001 para ocupar el puesto de Viceconsejero de Información de la Embajada española. Era un joven decidido y entusiasta que aprendió el complicado oficio del espionaje en el extranjero rodeado de enemigos gracias a la mano experta de su jefe, Alberto Martínez.
De joven había soñado con ser piloto de combate, pero vio truncada su carrera cuando apenas había comenzado a preparar el examen de ingreso en la Academia General. Le hicieron las pruebas de aptitud médica y presentaba un problema de oído a 4.000 pies de altura.
         La decepción le duró poco tiempo y pronto continuó con sus ganas de ser militar. Su padre le marcó el camino de radiotelegrafista y él se lanzó en tromba. Se presentó al examen de ingreso y sacó el número 1, con una nota de 9,95. Puesto destacado que no abandonaría en el escalafón los años que tardó en convertirse en sargento.
         En junio de 1995 entró en el CESID. Mientras hizo el curso de acceso, nadie supo a qué estaba dedicando su tiempo. Quizás su mujer supiera algo, pero no sus padres. Cuando cambió de destino, intentó seguir con el engaño, pero su padre, un militar experimentado, un día le comentó: “No me engañes, cuando te vistes con corbata para ir a trabajar es porque no vas a un cuartel”.
Soledad Gómez, su madre, siguió mucho tiempo pensando que trabaja en un cuartel. Nunca dudó de él. Era el primogénito cariñoso que al volver de la academia para preparar su ingreso en el Ejército, entraba en su cocina, olía cada plato que estaba guisando y entonaba aquella monserga de “jo mamá y si no apruebo, jo mamá y si no apruebo”. Ella le transmitía la tranquilidad y el ánimo que su hijo buscaba: “Siempre dicen que como una hija para una madre no hay nada, pero mi hijo era para mí algo especial. Era una excelente persona, muy cumplidor, muy amigo de sus amigos”.
         Durante los seis años que pasó en el CESID hasta que fue destinado a Irak ocupó un puesto en el Centro de Comunicaciones. Nunca fue un aventurero. Eso sí, era ambicioso dentro de su profesión y cuando a principios del siglo XXI se enteró de que había una plaza para un agente de su perfil en Irak, como número dos de la delegación del CESID, solicitó la plaza. 
         Unos días antes de la adjudicación, se sinceró con su padre: “Quiero irme a Irak, pero es muy difícil que consiga la plaza porque mi jefe no quiere desprenderse de mí y si me pone pegas no me la van a dar”. Su padre vio claro cómo echarle una mano: “habla con fulano (un alto mando de La Casa), que es amigo, y le dices de parte mía que quieres ir a Irak”.
         A José Antonio no le gustó aquello, pero obedeció. La plaza fue para él.
Antes de incorporarse a su destino en la embajada, hizo un largo curso para aprender la idiosincrasia del país y algunas técnicas especiales necesarias para un agente secreto que se va a mover en territorio hostil. Además, perfeccionaba el inglés y daba clases de árabe.
         José Antonio se fue a Bagdad el 17 de septiembre de 2001, pocos días después del atentado del 11-S en Estados Unidos, lo cual complicaría sobremanera su misión.  No tardó en llevarse a su mujer y a su hija, aunque regresarían un año después al complicarse la situación en Irak.
         En febrero de 2003 el ataque para derrocar a Sadam era inminente y recibieron desde Madrid la orden de abandonar el país antes de que el conflicto estallara. Al regresar, Martínez y Bernal se convirtieron en las principales figuras del gabinete de crisis que se montó en la sede del CNI. Eran los únicos que disponían de acceso a fuentes directas en Irak.
         Derrotado Sadam y ocupado el país por las fuerzas estadounidenses, Bernal tuvo que regresar. El destino por el que tanto había peleado había perdido toda su tranquilidad. “Él era plenamente consciente de las dificultades que se encontraría a su regreso –explica su padre-, la situación estaba muy jodida. No podía permitir que los españoles que estaban allí no tuvieran a nadie que se preocupara por ellos. Había firmado por tres años y tenía que cumplir con su compromiso”.
         Es imposible saber a ciencia cierta lo que le pasó por la cabeza antes de su partida, pero nadie conocía mejor que él la situación que se iba a encontrar. El servicio secreto de Sadam le tenía identificado, había trabajado con ellos íntimamente, y disponía de muy buenos contactos con diversos grupos religiosos. Lo lógico era pensar que ahora le vieran como un traidor.
         Bernal era metódico y nunca se engañaba. No lo intentó con su padre: “Yo me quiero ir a Irak, si me sale bien, bien; si me sale mal, pues mal”. Y tampoco con su madre cuando directamente le espetó: “¿Cómo te vas a ir allí tal y como están las cosas?”. José Antonio no dudó: “Sabes qué te digo, que en todas partes hay Dios”.
         El 7 de octubre, a la hora de la comida telefoneó a su mujer, con la que deseaba tener un segundo hijo cuando hubiera pasado la experiencia iraquí y regresara a España, y antes a su madre. Lo hacía con cierta frecuencia, quería mucho a sus mujeres. Tras hablar con su madre se despidió: “Buenos, pues en una semana nos vemos, que voy de vacaciones cortas, un beso”.
         Dos días después, la noticia llegó a los telediarios sin tiempo para que los agentes que el CNI había enviado a casa de sus padres tuvieran tiempo de advertirles. “Cuando vi en la pantalla la noticia dije han matado a Josito –recuerda el capitán Bernal-, fue como si ya supiera que iba a ocurrir”.
         El teléfono comenzó a sonar inmediatamente y no paró de hacerlo en días. De entre todas las llamadas hubo una especial para el capitán del Ejército del Aire: su antiguo jefe, el que había ayudado a su hijo para conseguir el destino, que en ese momento estaba destinado en una delegación del servicio de inteligencia en el extranjero. El hombre no pudo evitar llorar amargamente en cuanto escuchó la voz del padre de Bernal y lleno de congoja le dijo que él era el responsable de la muerte. José Antonio le respondió que no había culpables y le consoló: “En cualquier caso, si hubiera alguien culpable, que no es el caso, sería yo”.
          El capitán Bernal habló directamente con la prensa para dejar claro que “somos militares, sabemos que se corre un riesgo, para el que nuestro hijo se había presentado voluntario”, que era el trabajo que le gustaba y “ha muerto en acto de servicio, haciéndolo por Dios y por la patria”.
         Le concedieron, entre otras condecoraciones, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo, cuya orden apareció publicada en el Boletín Oficial de Defensa del 31 de octubre de 2003. El ministro Trillo le anunció a Bernal que el presidente Aznar quería entregársela personalmente. Sin embargo, el acto se retrasó, después tuvieron lugar los atentados del 11-M, el cambio de gobierno y…por muy alucinante que pueda parecer, diez años después, todavía no se la han entregado.
         Las fuentes consultadas consideran que el asesinato de Bernal fue una encerrona perfectamente montada. El guarda de seguridad que debía estar en la puerta de su domicilio no apareció esa mañana, pero tampoco lo hicieron el jardinero y la chica que cocinaba, cuando siempre acudían a su casa pronto por la mañana. La investigación del servicio de inteligencia no creyó en las casualidades e interrogaron al guarda, que aseguró que no podía declarar nada hasta que quitaran del medio a Sadam, que por aquel entonces seguía escondido en el país. Su ausencia no fue una casualidad: si quería salvar su vida y la de su familia, no debía estar en la puerta de Bernal esa mañana.

         Para honrar su memoria, se han creado los premios José Antonio Bernal Gómez, patrocinados por el ayuntamiento de Navahermosa, en colaboración con la Asociación Voces Contra el Terrorismo, que reconocen a personas que han entregado su vida a la lucha contra los terroristas.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Ocho espías asesinados en Irak: la historia desconocida (I)

El 29 de noviembre se cumplen 15 años de la historia más trágica del servicio secreto español, el episodio más negro d en sus 50 últimos años de historia tuvo lugar a finales de 2003 en Irak. Un agente, José Antonio Bernal, fue asesinado en Bagdad el 9 de octubre y siete espías corrieron la misma suerte el 29 de noviembre en una emboscada.
La historia oculta de esos acontecimientos dramáticos comenzó meses antes de que Estados Unidos invadiera Irak, cuando montaron una campaña mundial de desprestigio contra Sadam Huseim. El CNI tenía allí una delegación integrada por el Consejero de Información Alberto Martínez y su ayudante José Antonio Bernal.
Los dos descubrieron los motivos que había detrás de la decisión de George Bush de atacar Irak. Sadam había vendido a compañías francesas la mayor parte de los derechos sobre su petróleo. Cuando los estadounidenses se enteraron recordaron la primera Guerra del Golfo y se pusieron ciegos de ira: no permitiremos que nosotros pongamos los muertos y otros se lleven los beneficios. Sus informaciones también explicaban la postura en contra del ataque de Francia, Rusia y Alemania, a los que les interesaba por motivos económicos que el dictador siguiera al frente del país.
La situación dio un giro definitivo cuando Estados Unidos promovió la sospecha de que Sadam estaba fabricando armas de destrucción masiva. Martínez y Bernal movieron a sus confidentes, indagaron por todo el país, y al final informaron a sus jefes de que era falso.
Los dos se quedaron de piedra cuando el presidente Aznar se sumó a la alianza de Estados Unidos y Gran Bretaña, y defendió exactamente lo contrario de lo que ellos habían contado. Bernal aseguró en aquellos momentos a una persona cercana: “Aznar no sabe lo que está haciendo, porque no hay armas de destrucción masiva de ninguna manera”.
La situación de los espías cambió radicalmente en los meses previos al ataque. La supuesta amistad entre Irak y España paso a ser una quimera. Las fuentes que tanto tiempo les había costado conseguir empezaron a recelar de ellos. Los dos se convirtieron en objetivo de los partidarios de Sadam. Volvieron a España antes de la invasión del 20 de marzo y regresaron en mayo a Irak con un país tomado por los estadounidenses.
Durante el verano, el gobierno decidió enviar tropas y aumentó la presencia de agentes del CNI. Bernal se quedó en Bagdad, y Martínez, con el agente Luis Ignacio Zanón, se fueron a Nayaf, mientras que Carlos Baró y Alfonso Vega se desplegaron en Diwaniya.
El 9 de octubre tuvo lugar la primera desgracia en Bagdad. Bernal se escuchó que llamaban a la puerta de su casa. El guarda al que le tocaba turno le había pedido llegar más tarde esa mañana –sin duda le habían amenazado para que no estuviera allí-, así que se acercó él a abrir la puerta. Comprobó previamente que era un clérigo chií al que conocía desde hacía tiempo. El clérigo comenzó a hablarle con agresividad y pensó que habían ido a secuestrarle o a matarle. Rápido de reflejos, entendió que su única posibilidad era huir. Apartó al clérigo de un empujón y a los dos hombres que le acompañaban y emprendió una carrera enloquecida. Pero tropezó, lo que permitió a un cuarto hombre pegarle un tiro en la cabeza.  
La insurgencia quería vengarse de Bernal, Martínez y los espías españoles, pues les habían convencido de que eran amigos y luego les traicionaron al posicionarse con Estados Unidos. Nadie pareció entender el significado del asesinato hasta mucho tiempo después, cuando ya era tarde.
EL ATAQUE MÁS CRUEL
El 26 de noviembre otros cuatro agentes llegaron a Irak: José Merino, José Carlos Rodríguez Pérez, José Lucas Egea y José Manuel Sánchez Riera. Iban a permanecer menos de una semana en un viaje de reconocimiento del terreno previo a la misión que comenzarían a principios del año siguiente, en sustitución de los cuatro que estaban allí.  
El sábado 29 de noviembre, según el plan previsto y aprobado por su jefe el teniente coronel Jorge, los cuatro agentes destinados y sus relevos fueron a Bagdad para hacer diversos trámites. Un día tranquilo que aprovecharon para hacerse fotos como recuerdo de su estancia en el que era el país más conflictivo del mundo. La última imagen de todos ellos, junto a otras de su estancia en Irak, que Tiempo saca a la luz en exclusiva con motivo del décimo aniversario de los hechos.
Un rato antes de lo previsto, los ocho se montaron en sus dos todoterrenos, un Nissan Patrol blanco y un Chevrolet Tahoe azul. Desgraciadamente, ninguno de los coches estaba blindado. Les esperaban 200 kilómetros de carretera. Podían haber viajado por separado, pero habían acordado con Jorge que harían el trayecto juntos porque así tendrían más posibilidades de hacer frente a un ataque. Una decisión que expertos militares nunca han comprendido.
Unos cuarenta minutos después de salir de Bagdad, tras el coche que conducía Vega, que iba siguiendo a unos centenares de metros al de Martínez, apareció un Cadillac blanco que hizo una extraña maniobra de adelantamiento, acompañada del fuego de fusiles de varios de sus cinco ocupantes.
Vega pisó el acelerador, evitó la primera embestida y consiguió evadirse de sus perseguidores. A toda velocidad adelantó al coche de sus compañeros para avisarlos del ataque y ganar tiempo para situarse en posición de tiro lateral, algo que no consiguió. El todoterreno de Martínez apenas tuvo segundos para reaccionar. Alberto Martínez fue el primero en morir y José Lucas Egea recibió un tiro en la cabeza. Las ráfagas de Kalashnikov destrozaron también las ruedas y el coche fue a parar de mala manera al arcén.
El sedán blanco persiguió al otro todoterreno, al que dio caza consiguiendo idéntico resultado: asesinaron al conductor Vega e hirieron al comandante Rodríguez en el estómago. El coche se quedó sin mando, se salió por el arcén  y quedó atrapado en una hondonada enfangada.
El coche de los atacantes frenó en seco en mitad de la carretera y sus  ocupantes continuaron disparando. Los cuatro que no habían sufrido daños saltaron de los vehículos y repelieron la agresión con sus pistolas, lo que hizo retroceder a los atacantes, que abandonaron la escena del ataque y se perdieron en Latifiya, una ciudad aneja al lugar de la agresión.
Merino, ayudado por Zanón, llevó su vehículo lentamente al encuentro del otro para reagruparse. Se encontraron con Baró, que tomó el mando. Dejó a los heridos en los coches en que viajaban y llamó al número de teléfono del teniente coronel Jorge.
-¡Mierda nos han atacado! –gritó Baró-. Tenemos por lo menos dos muertos. Avisa a la brigada, que manden helicópteros.
La tensión también era evidente en el receptor de la llamada, que en ese momento –sábado- estaba… en El Corte Inglés de compras. No había plan de respuesta frente a un ataque. La comunicación se cortó.
Los agresores se habían guarnecido en dos casas bajas que había cerca del terreno en que estaban los dos coches averiados. Esta vez el fuego era con ametralladoras y lanzagranadas.
Baró sacó el único subfusil que tenían y repitió la llamada al coordinador en Madrid.
-¡Mierda hay cuatro muertos… o tres! Te damos nuestras coordenadas”
Sin pensárselo dos veces, le pasó el Thuruya a Zanón, pero no pudo dárselas porque la comunicación nuevamente se interrumpió.
Todos fueron cayendo poco a poco. Baró fue alcanzado por el fuego enemigo y murió. Poco después fue Merino el que resultó herido. Zanón, un militar sin una preparación guerrera, optó por quedarse con Merino, herido de muerte, aún a sabiendas de que eso le supondría la muerte. Sánchez Riera, por el contrario, optó por buscar una salida. Cruzó al otro lado de la carretera y se escondió en unos matorrales, alejado del fuego enemigo. Con lo que no contaba era con que los iraquíes que habían parado sus coches para contemplar la escena se acercaran a él e intentaran lincharle. Pero la suerte que no habían tenido sus compañeros le sobrevino a él. Un hombre bien vestido hizo exageradamente el gesto de besarle. La turba se frenó. El hombre, un notable de la zona colaborador del espionaje inglés, había hecho el gesto de amistad para que todos supieran que estaba bajo su protección. Los mismos que un momento antes le golpeaban ahora le ayudaron a levantarse y le metieron en un taxi salvador.  
El 2 de diciembre se celebró el funeral de Estado en la sede del CNI. Estuvieron presentes las principales autoridades del Estado, encabezados por los Reyes, el Príncipe y el presidente del Gobierno. Don Juan Carlos impuso a los fallecidos la Cruz Oficial de la Orden del Mérito Civil a título póstumo. Un momento emocionante que no lo fue para todos.
El motivo estaba en que los fallecidos eran militares y muchos de los allí presentes echaron en falta una condecoración militar. Esta llegó tiempo después, la Cruz al Mérito Militar con distintivo amarillo. Un reconocimiento escaso justificado por el hecho de que el Gobierno del PP defendía que en Irak no había guerra. La decisión fue corregida cuando el PSOE llegó al poder y el nuevo ministro José Bono la sustituyó por la Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo.
Las informaciones pidiendo explicaciones de los asesinatos, llevó al ministro Trillo a anunciar que “los presuntos autores del ataque a los españoles fueron detenidos diez días después en una acción conjunta entre fuerzas de la coalición y la policía iraquí.
Esa información le sirvió para salir del paso con efectividad, pero la realidad fue otra bien distinta. Las tropas de Estados Unidos habían organizado una operación en Latifiya contra grupos resistentes, pero su objetivo no fue capturar a los que tendieron la trampa a los españoles. Los familiares de las víctimas siguen esperando una explicación.
Unos meses después, el 22 de marzo de 2004, soldados españoles destinados en Diwaniya detuvieron a Flayeh Abdul Zarha Anyur Al Mayali, que durante varios años había sido el traductor de Alberto Martínez. Lo interrogó personal del CNI durante cuatro días sin conseguir arrancarle una confesión inculpatoria. Al Mayali denunciaría posteriormente que esos días le colocaron una capucha en la cabeza, le impidieron dormir y le sometieron a insultos e interrogatorios constantes. Posteriormente, fue entregado a las autoridades estadounidenses, que le tuvieron once meses encerrado. Como siguió sin haber pruebas, le pusieron en libertad sin cargos.    

El 14 de julio de 2004, en la sede central del CNI en Madrid, el ministro Bono inauguró un monumento, una llama de bronce colocada sobre un muro de acero, con los nombres de los ocho asesinados en Latifiya y Bagdad.