martes, 29 de enero de 2019

"Yo confieso: 45 años de espía", los primeros datos

1974: Mikel Lejarza es captado por el servicio secreto para infiltrarse en ETA con el alias de El Lobo.
2019: Con otro nombre, Mikel Lejarza sigue trabajando para el CNI.
Esta es su vida. Esta es la historia.
Mikel Lejarza ha guardado silencio sobre su vida hasta este momento. Ahora ha decidido desvelar en primera persona en el libro Yo confieso todo lo que ha hecho y todo por lo que ha pasado en 45 años de agente secreto. Ha escrito, con la ayuda del periodista Fernando Rueda, unas memorias duras, sinceras, en las que por primera vez cuenta todo lo que ha sido su vida, sin olvidarse de los momentos amargos, de su éxitos e, incluso, de aquellas actuaciones de las que no está especialmente satisfecho.
Yo confieso es un libro humano en el que Mikel ha querido que Mamen, su mujer, confidente y compañera en algunas de sus misiones, aporte su visión personal sobre los hechos, recordando los momentos vividos en una relación complicada, como no podía ser otra que la vivida por una mujer que ha compartido 40 años con el agente más antiguo que tienen los servicios secretos españoles.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Carlos Baró, el aguerrido espía novio de la muerte asesinado en Irak

El comandante Carlos Baró Ollero era un apasionado de La Legión y de su himno “El novio de la muerte”. También era un fan incondicional de Joaquín Sabina y de todas sus canciones pecadoras.
Carlos y sus siete compañeros del CNI fueron atacados en Irak por un número superior de enemigos, con armas de larga distancia, entre ellas un lanzagranadas, ante las que no tenían nada que hacer al portar solo pistolas y un fusil. Cercados, Baró llegó a ese punto límite que separa una actuación militar razonable de una heroica.
Tomó el mando tras ser acribillado a balazos Martínez, el jefe natural, impartió rápidas órdenes desplegando por el terreno a sus compañeros vivos, telefoneó a sus mandos para pedir ayuda, se lanzó al suelo y no paró de disparar contra los enemigos. Murió luchando, defendiendo la posición más adelantada. En ningún momento pensó en la huida dejando atrás a los heridos.
         Uno de sus compañeros militares, de alias “Peserice”, describe sus últimos momento en su blog “Desde mi embarrada trinchera en Empel”: “Carlos murió como quería, como un auténtico soldado y no con el cuerpo arrugado por los años, con una sonda metida en el culo y mirando, si es que pudiese ver, el techo de un hospital”.
         Baró consiguió las dos estrellas de seis puntas de teniente en 1991. Nunca pensó en llevar una carrera tranquila, sino que soñó con desempeñar los más peligrosos puestos de combate. Se hizo paracaidista y de operaciones especiales y consiguió ser destinado a La Legión.
         Los momentos que más unen a los militares son los que pasan en circunstancias extremas. Así lo cuenta el citado amigo: “A mediados de los noventa tuve el honor de convivir once intensos meses con Carlos en el Curso de Operaciones Especiales: yo teniente recién salido de la academia, él casi capitán destinado en La Legión. Dicen que el curso envejece tres años al que lo realiza. Carlos, “Goliardo”, su nombre de guerra, estaba llamado para algo grande. Excepcional en el plano físico e intelectual, respiraba liderazgo y virtudes militares. Era, para muchos de nosotros, el teniente que queríamos llegar a ser. Un ‘perro de la guerra’ de los que te gusta tener cerca cuando vienen mal dadas”.
         En octubre de 1998 entró en la División de Acción Operativa del entonces CESID. Trabajar diariamente con la tensión que conlleva el trabajo del espionaje era sin duda un gran estímulo para él. Esas personas que llegan con una formación tan alta es la que busca cualquier agencia de espionaje.
         En 2003 pidió una de las plazas que se habían convocado en el CNI para prestar servicio en Irak, con la misión de proteger a las tropas españolas. Él mismo resumió su trabajo en Irak en una carta dirigida a sus más íntimos el 6 de octubre: “Querida familia: aquí todo sigue normal, es decir todo lo normal que puede ser la vida de un espía en Irak. Lo recordaré como el año que comí arroz con pollo unos días y pollo con arroz otros, que compré un taxi de 1979, perseguí espías del legendario y temible servicio secreto Mukhabarat, compré voluntades entre los jeques de una tribu, hice fotografías a los miembros de Al Qaeda desde mi taxi cuando salían de la mezquita, me entrevisté clandestinamente con líderes chiitas radicales, traté con traficantes de armas, asesinos a sueldo, recorrí Bagdad a ritmo de Sabina, compré un coche de los fedayines de Sadam con varias matrículas, me confeccioné la documentación de mi propio coche, desayuné higaditos de pollo con huevos duros y pan, bebí cerveza camuflada en lata de refresco, fotografié casas seguras de leales al régimen desde un helicóptero, vestí como un árabe, conduje peligrosamente y sin matrículas, merendé dátiles con coca cola, viví a 57ºC, bebí cinco litros de agua al día sin mear ni gota, aprendí lo importante que es tener electricidad, viajé siempre con las armas preparadas…”
         Su estancia en la tierra que perteneció a Sadam fue intensa y se vio truncada el 29 de noviembre por el atentado que le costó la vida junto a otros seis compañeros. En Madrid, Carlos tuvo dos funerales bien distinto. El primero, compartido con los agentes asesinados, fue de carácter civil, en la sede del CNI. El segundo, con su familia y amigos, de carácter más castrense. Sus amigos cantaron “El novio de la muerte”, el himno de La Legión.
         El acto final todavía no había llegado. Carlos le había pedido a su hermano que si algún día le pasaba algo quería que sus cenizas fueran esparcidas por sus compañeros paracaidistas, con los que frecuentemente quedaba para saltar en las afueras de Madrid. Su hermano les pidió ser él quien abriera la urna a cientos de metros de altura, para lo que saltó en un avión agarrado por uno de sus incondicionales amigos.
         Fue su última voluntad a la que tiempo después le siguió un homenaje que le habría encantado. Su admirado Joaquín Sabina le hizo una poesía que incluyó en su libro “A vuelta de correo”: “Mi hermano Carlos –escribe el cantautor- tenía, como todos los agentes secretos, un nombre en clave: “Baracoa”. La familia me ha autorizado a rimarlo, pero no a leer su diario. Estoy hablando de tres generaciones de agentes especiales que sabían que una tumba anónima era mejor que una estatua (…) Maldita guerra de Irak”.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Luis Ignacio Zanon, el espía asesinado en Irak que se la jugó por amor

A Luis Ignacio Zanón le costó decidirse a aceptar el destino en Irak. Cuando se lo ofrecieron por primera vez pensó que no se le había perdido nada en tierras tan lejanas.
         Luis Ignacio, Nacho para todos los que le conocían y Nachete para sus personas más próximas, tardó mucho tiempo en ser la persona disciplinada que se supone deber ser un militar. No era un tipo duro que disfrutara como loco con la vida cuartelera. Era divertido, alguien que gustaba de la compañía de los amigos y la familia, que llegaba a casa de sus hermanos y se tiraba en el suelo para jugar con sus sobrinos como si fueran de su misma edad. Era el hijo que siempre acompañaba a su padre al estadio Vicente Calderón para ver al Atlético de Madrid, el equipo de sus sueños, el que exigía más cariño y lealtad que cualquier otro de los grandes.
         En 1987 aprobó las oposiciones a radiotelegrafista del Ejército del Aire y al terminar en 1991 fue destinado a la base de Torrejón. Allí le surgió la posibilidad de irse destinado al CESID. En agosto de 1994 comenzó a trabajar en el Centro de Comunicaciones. Esa vida le gustaba, aunque no terminaba de llenarle. Pensó en estudiar una carrera, pero hacerlo al mismo tiempo que trabajaba le exigía una perseverancia de la que carecía.
         Mientras estaba en el servicio de inteligencia se casó. Amaba a esa mujer tan distinta a él, que le ataba y le exigía que afrontara la vida desde una perspectiva menos soñadora. No le importó al principio, pero con el paso de los años se dio cuenta de que no era feliz.
         Se enteró de que el servicio secreto buscaba un agente de su perfil para Kosovo. Del espacio cerrado en la sede del CESID en Madrid en el que llevaba años trabajando, pasó a ser un agente de calle. En un hospital de albano-kosovares conoció a Buqe –flor de azahar en su idioma-, una veinteañera muy guapa que hablaba algo de español. Fue un flechazo.
         El día de la separación llegó. El agente del CESID regresó a España convencido de que lo único que deseaba era comenzar una nueva vida con ella. Acudió a una abogada para poner fin a su matrimonio. La letrada nunca entendió por qué aceptó unas condiciones tan leoninas. Ella se quedó el piso y todo lo que habían comprado juntos. Él, con el perro.
         Buqe vino a España, se casaron y se quedó embarazada de su hijo Luca. Nacho encontró la tranquilidad que había estado buscando. Había madurado y debía buscar un nuevo camino para que su familia viviera mejor.
         Cuando el verano del 2003 se acercaba, Nacho recibió una oferta difícil de asimilar: el CNI buscaba urgentemente a alguien con su perfil para cubrir una vacante en Irak que se había presentado a concurso y que no había pedido nadie. Era más dinero y le vendría de fábula, pero estaría seis meses fuera y no le apetecía separarse de su mujer y su hijo. Además, Buqe estaba nuevamente embarazada y esperaban el nacimiento para diciembre, mes en el que él estaría en Irak.
         Habló con su jefe y le propuso aceptar la vacante -como hacen habitualmente muchos agentes- a cambio de que al regreso de tan peligrosa misión le buscaran una embajada en Centroeuropa como segundo de la Consejería de Información. Tras las oportunas gestiones, su jefe cerró el trato. Hubo un problema añadidosufría una hernia discal, que todavía no era muy grave, pero que le producía molestias en la pierna.
         En agosto viajó a Irak con Martínez. Formaban un equipo curioso integrado por el comandante que mejor conocía el país y un sargento primero novato que no estaba escasamente preparado para la misión.
         Zanón conocía sus limitaciones, pero no esperaba encontrarse con un tipo serio, estructurado y muy disciplinado, mientras él era divertido, algo caótico y con mucha voluntad. La relación fue inicialmente complicada, pero con el paso de los meses mejoró. A principios de octubre, Zanón empezó a recibir llamadas amenazadoras, similares a las que también recibía Martínez.
         El 7 de octubre Nacho salió de Nayaf con destino a Bagdad para comenzar dos semanas de vacaciones. Se sentía embriagado por el deseo de pasar unos días con su mujer y su hijo Luca. Antes tendría el placer de disfrutar con su amigo Bernal, que le daría cobijo en su casa de Bagdad. Allí pasaron los dos un día de confidencias, risas y buenos momentos. Al día siguiente Bernal le acercó hasta el aeropuerto. Desde allí Zanón viajó a Amán para coger otro avión que le llevara a Madrid.
         Es fácil imaginar sus ganas de que el avión aterrizara en Barajas y poder besar a su familia. Lo que no podía imaginar fue la presencia de uno de sus jefes. Allí mismo le dio la noticia: hacía unas horas que habían matado a Bernal en la puerta de su casa. Todos sus planes se esfumaron. Fue uno de los hombres que transportó los restos de Bernal, con el corazón roto y la cabeza ausente.
Sus padres, impresionados por la muerte de su amigo, le pidieron que no regresara a Irak: “Estás dolorido, tienes una hernia que apenas te permite moverte, tienes una excusa para no volver. Además, vas a tener un bebé”. Incluso le pidieron a su hermano Javier que le convenciera para que desistiera de regresar.
         Su hermano nunca llegó a comentarle nada. Antes de que lo intentara, Nacho le contó que debía regresar, que no podía abandonar la misión precisamente en el momento más peligroso. Javier notó que su hermano había cambiado, la muerte de su amigo le había dejado clara la peligrosidad de la misión y las llamadas con amenazas de muerte eran reales. Con lo que le había costado aprender a moverse entre los iraquíes y conseguir el respeto de Martínez, ahora no podía correr y alegar una enfermedad, que realmente tenía, para evitar su deber. Sin contar con que había aceptado el destino como una apuesta a largo plazo por su familia: si cumplía, luego se iría a una embajada, con más dinero y junto a su mujer y sus hijos. 
         A Nacho le hubiera encantado acompañar a Buqe mientras daba a luz, pero no pudo ser. Su hija Arieta nació dos días después de su marcha. La conoció gracias a una imagen que le enviaron vía Internet.
El 26 de noviembre recibieron la visita de los equipos que les relevarían en enero. El 29 pasaron el día en Bagdad y al regresar fueron atacados en Al Latifiya. No había pasado media hora de los primeros tiros cuando solo quedaban vivos Sánchez Riera, Merino y él. Nacho estaba parapetado detrás de una rueda de uno de los vehículo situado la carretera con Merino en sus brazos, muriéndose.
Es posible que por su cabeza pasaran en esos momentos su mujer, sus hijos, toda su familia. Pero lo que es seguro, según el testimonio del superviviente, es que desde que comenzó el ataque nunca pensó en salvar su propia vida teniendo que abandonar a su compañero herido.
Unas horas después, su hermano Javier recibía en su trabajo en Palma de Mallorca una llamada procedente del CNI: “Ha habido un problema en Irak, ha habido un accidente, hay muertos. Alguno se ha salvado, todavía no sabemos nada”. Se fue a su casa y puso en la televisión la CNN. Una imagen le destrozó. Sky News había grabado a una turba de gente quemando los cuerpos de los agentes del CNI y pisoteándolos. Uno de ellos era sin duda su hermano Nachete.
A su llegada a Madrid, los cuerpos de los siete agentes asesinados fueron trasladados al Hospital Central de la Defensa, donde se les hizo la autopsia. Esa noche, mientras esperaban, Javier Zanón se dirigió al médico de guardia y le comunicó que Buqe quería ver el cuerpo de su marido. Le contestó que ningún familiar lo había pedido, pero Javier le cortó y le espetó: “Voy a entrar con ella y lo vamos a ver sí o sí”.

Cuando destaparon el féretro, Nacho estaba tapado con una sábana hasta los hombros, con la cara totalmente deformada. Buqe se inclinó sobre él y sin parar de llorar, lo besó y lo besó.

martes, 27 de noviembre de 2018

Alfonso Vega, el espía asesinado que escondía micrófonos en sedes de etarras e hizo de mendigo en una mezquita para cazar yihadista

Alfonso Vega fue uno de los siete agentes del CNI asesinados durante una trampa en Irak el 29 de noviembre de 2003. Era un agente operativo de los mejores que había tenido La Casa. Esta es su apasionante historia.
Tomó cervezas en batzokis de San Sebastián con radicales de la izquierda abertzale, siguió hasta México a pistoleros de ETA, colocó micrófonos en embajadas sospechosas de apoyar el terrorismo, controló en Bosnia a los comandos de la muerte y pasó días pidiendo limosna a las puertas de una mezquita esperando la llegada de un terrorista islamista.
Son solo unas pocas de las misiones que llevó a cabo Alfonso Vega, un afamado James Bond destinado durante 13 años en la División de Acción Operativa del servicio secreto español. Un hombre que nació para estar en primera línea de combate, que nunca quiso ser otra cosa que un hombre de acción al servicio de España.
Nació en Stuttgart (Alemania) en 1962, cuando su padre guardia civil había abandonado la profesión y había emigrado en búsqueda de un futuro mejor. A los 20 años ingresó en la Academia General Básica de Suboficiales con uno de los primeros números. Era muy estudioso, trabajador, duro, increíblemente duro, y militarmente enérgico. Hizo el curso de Operaciones Especiales en Jaca, que muchos comienzan pero pocos acaban. De ahí pidió destino en los Grupos de Operaciones Especiales, primero en Oviedo y luego en Burgos. Aquí fue captado por el servicio secreto. Corría el año 1990, Alfonso tenía 28 años.
Su principal enemigo fue la banda terrorista ETA. En San Sebastián hizo amigos en los ambientes abertzales, iba a tomar copas y a escuchar conversaciones a los batzokis. Escondió micrófonos muchas veces gracias a arriesgadas penetraciones clandestinas en pisos y sedes. En alguna ocasión, hasta los colocó intencionadamente mal para que los etarras los descubrieran y pensaran que el servicio había centrado sus esfuerzos en una de sus sedes y en la otra hablaran con tranquilidad pensando que estaba limpia. Se desplazó a México persiguiendo los movimientos de los etarras, en una época en la que en ese país los terroristas pasaban desapercibidos y se creían fuera de control.
De todo ello nunca contaba nada a su familia, a pesar de la satisfacción que sentía por el deber cumplido. A su madre, curiosa a veces, la decía que era mejor que no supiera nada de su vida profesional. Al resto les explicó en su momento, para dejarlo claro, que “cuanto menos se habla, más seguridad”.
Especializado en la lucha terrorista, también participó en misiones relacionadas con los radicales islamistas. En una ocasión se pasó varios días pidiendo limosna en la puerta de una mezquita para así poder pasar desapercibido y detectar la presencia de sospechosos vinculados con el terrorismo.
Una vez participó en la entrada clandestina en una embajada extranjera en Madrid, en la que tenían que abrir la caja fuerte y fotocopiar todos los documentos guardados allí. Para hacerlo sin ser detectados, no se les ocurrió otra manera que provocar un incendio en el edificio anejo, esperar la llegada de los bomberos y aprovechar la confusión para llevar a cabo el trabajo.
Después de todas esas misiones y muchas más, se fue destinado un año a Bosnia. Chapurreaba el inglés y el francés y antes de desplazarse empezó a estudiar cirílico.
El exceso de trabajo no le impidió nunca volcarse con su familia y ser un buen hijo. En ese tiempo, descubrieron un cáncer muy grave a su padre. Alfonso vivía en Madrid y muchos días al terminar su labor cogía el coche y se iba al hospital de Salamanca para quedarse a pasar la noche con él y que su madre pudiera irse a casa a descansar. Al día siguiente, sin dormir, regresaba al trabajo y cumplía con su jornada como si nada.
Sus ansias de cumplir con las misiones más arriesgadas le animó a solicitar una plaza en Irak. En julio de 2003, viajó acompañado de Carlos Baró, el agente con el que formaría equipo. Los otros dos miembros del grupo, Alberto Martínez y Luis Ignacio Zanón, llegaron en agosto.
Alfonso se puso inmediatamente a trabajar en antiterrorismo. Se movía por el país con cierta naturalidad gracias a su enorme destreza para convertirse en un camaleón. Se dejó un gran bigote y se enfundó una túnica local blanca.
Uno de los contactos secretos que Alfonso mantenía en Bagdad para intercambiar información era el capitán de navío Manuel Martín-Oar, destinado en el Consejo de Cooperación Internacional dependiente de la ONU. El 18 de agosto, Alberto se reunió con el capitán de navío en su despacho de la ONU. Tras el encuentro, abandonó el edificio y regresó hacia su zona de trabajo. Quince minutos después, un atentado terrorista con bombas segó la vida del capitán de navío. Se salvó por poco.
A principios de noviembre tuvo un par de semanas de vacaciones en España. La mayor parte del tiempo lo pasó con su mujer, Isabel Martín, y sus hijos Patricia y Alejandro. No regresó a su trabajo hasta acercarse a Lérida para pasar un día con sus padres, su hermano y su familia, que estaban en Gerona. Antes de despedirse, al ver la cara de tristeza de su madre le dijo que no se preocupara, pues volvería antes de que comenzaran las fiestas de Navidad.
Unos días después de su regreso a Irak, recibió junto a los otros tres agentes allí destinados –Martínez, Zanón y Baró- a los cuatro que un mes después les sustituirían en la misión. El 29 de noviembre, les tendieron una trampa y perdió la vida intentando hacer frente a los atacantes.  
Los padres, dos buenas personas, sobrellevan como pueden la pena de haber perdido a su hijo, para lo que les ayuda lo bien que se ha portado con ellos todo el mundo. Araceli, la madre, ha guardado en un álbum los recortes con las cartas que recibieron en aquellos días y con las fotos de los homenajes que recibió su hijo en diversas localidades.
Muy emotivo fue el que le rindieron en la sede de los agentes operativos, en El Pardo (Madrid). Allí descubrieron una placa: “Alfonso Vega Calvo, muerto en combate en Al Latifiya (Irak) el día 29 de noviembre de 2003. Sólo el orgullo por su heroica muerte supera el dolor de su pérdida. La División de Acción Operativa”. Junto al texto aparece el escudo del CNI y el del grupo operativo, que es una tela de araña con el machete de operaciones especiales y el lema “lo difícil está hecho, lo imposible se hará”.
         Después siguieron otros actos de reconocimiento a su labor como un homenaje en Bamba de Vino, al que asistió la secretaria general del CNI, en el que entregaron a la familia la medalla de oro de la diputación y descubrieron una placa en su honor en una de las calles del pueblo.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Alberto Martínez, el espía amenazado por los rebeldes al que el CNI debió sacar de Irak

Alberto Martínez era el jefe de estación del CNI en Irak antes de la invasión estadounidense del país en 2003 y lo siguió siendo después. Estaba amenazado por los rebeldes, en el CNI lo sabían, pero decidieron no sacarle del país. Él tampoco quiso dar un paso al lado, siempre deseó cumplir su misión.  Uno de los mejores agentes que ha tenido el servicio secreto español. Esta es su historia.    
El 17 de junio de 2000, el agente del servicio de inteligencia Alberto Martínez emprendió viaje hacia Irak para hacerse cargo de la Consejería de Información de la Embajada española. Su constancia y responsabilidad convertirían sus casi 3 años y medio de estancia en el país en un calvario en el que lo dio todo para conseguir esa información oculta que sus jefes del servicio de inteligencia y el gobierno le demandaban. Otra cosa fue que no valoraran adecuadamente sus informes y el trabajo de investigación que a la postre le costó la vida.
         Alberto era comandante del Ejército de Tierra cuando aterrizó en Bagdad, su primer destino en el extranjero. Unos meses antes había pedido varias vacantes en el extranjero, entre las que estaban Estados Unidos e Irak. El 30 de noviembre de 1999 regresó a casa para comer, según recuerda su mujer Charo García Areces: “De repente soltó: ‘Hemos tenido mala suerte, me ha tocado Irak’. Ahí nos cambió la vida”.
Nada impidió que a partir de ese momento se volcara plenamente en la preparación de su nueva misión. Empezó a estudiar árabe, profundizó en el inglés e hizo un curso específico de tres meses en el CNI para conocer todo lo posible de su nuevo trabajo en el extranjero.
Lo que allí se encontró le decepcionó bastante. Sus antecesores se habían arriesgado poco y no habían tejido una red de colaboradores adecuada para conseguir la mejor información posible. Motivo de más para que Alberto se dedicara en cuerpo y alma a su nueva tarea.
El primer año fue intenso y agrio. No tenía a su familia con él y sufría bastante la soledad. Trabajaba tanto que no pensaba en los suyos para no aumentar su sufrimiento. Por suerte todo cambio de agosto de 2001. Pudo llevarse a su mujer y a su hijo, con lo que consiguió un tiempo para desenchufar.
Cuando se produjeron los atentados del 11-S, Alberto se movía con seguridad por las calles de Bagdad y de cualquier ciudad iraquí. Al volante de su Nissan blanco iba de un sitio a otro para mantener entrevistas con sus contactos en todos los grupos religiosos o laicos del país. Nunca olvidaba una pistola escondida en el cinturón y la prudencia como compañera.
El trabajo se lió tras el apoyo de Aznar a Bush. Las fuentes que tanto tiempo le había costado conseguir empezaron a recelar. Algunos de sus contactos le pidieron cobijo en España antes de que comenzaran los bombardeos. Lo intentó, pero sus jefes en el CNI no le apoyaron.
Alberto supo desde su vuelta a España que en cuanto los americanos ocuparan Irak debería regresaría. Lo hizo consciente de que el nuevo Irak iba a ser muy distinto al que se encontró nada más llegar. Habría que extremar las medidas de seguridad y recuperar en lo posible a sus disgustadas fuentes.
Aunque, a veces, el enemigo parecían ser los propios estadounidenses. Un día que iban en el coche con Bernal, les detuvieron en un control americano de carretera. Les hicieron bajar y les pidieron la documentación. Los dos enseñaron su acreditación oficial, pero el soldado les dijo que debían entregarle sus armas, pues nadie podía llevarlas. Alberto se puso furioso, pero Bernal le calmó: “no vamos a conseguir nada, estos son cuadriculados y se limitan a cumplir escrupulosamente las órdenes”. Los dos se fueron de allí sin sus pistolas y presentaron una queja diplomática. Tiempo después les enviaron dos pistolas a estrenar, pero no las suyas.
Alberto estuvo dos meses en Irak dedicando el poco tiempo libre que le dejaba su tarea diaria a pensar en el nuevo destino que pediría a su regreso a España. Su aspiración era irse con un cargo de responsabilidad al País Vasco, otro sitio de acción, en el que esperaba rentabilizar la amplia experiencia que había adquirido.
Inicialmente debía volver a finales de junio, pero un retraso en la llegada de su sustituto le obligó a posponer la vuelta hasta el 19 de julio. Ya sabía que el destino que le habían concedido era Bilbao, pero no como jefe, lo que él deseaba y sin duda merecía.
No obstante, llegó feliz por poder pasar una larga temporada con su familia. El relax le duró tres días. Una llamada telefónica del responsable en Madrid de la operación en Irak lo trastocó todo. Habían decidido volver a mandarle seis meses a Nayaf en una misión de protección de las tropas españoles que el gobierno había decidido enviar a Irak. El CNI no tenía a nadie tan preparado. “Se le iluminó la cara. Lo necesitaban y tenía que acudir”, recordó su mujer.
Se instaló en un pequeño dormitorio en la sede de la Brigada Plus Ultra, en peores condiciones de las que había tenido cuando estaba destinado en Bagdad. De hecho, le contó a su mujer que el 5 de octubre fue a visitar a su amigo Bernal y le había parecido que vivía estupendamente.
Fue la última vez que estuvo con él. Cuatro días después le mataron. Martínez lo vivió como un drama personal. No pensó en sí mismo, pero sabía que los enemigos que los dos habían hecho en Bagdad también le perseguían a él. Su mujer lo recuerda: “Yo sabía que Alberto había destacado mucho y era su objetivo. Desde el primer año estaba fichado porque se implicaba mucho en su trabajo de investigación y era persona non grata para el servicio de inteligencia de Sadam. Me dijo irónicamente que le habían sacado tarjeta roja”.
En la sede central del CNI vieron el peligro que cercaba a Martínez, pero decidieron mantenerle en Irak porque nadie como él conocía lo que allí estaba pasando. Se dejó un amplio mostacho, cambio su fisonomía y le prohibieron regresar a Bagdad. Vestido con una túnica –debajo de la cual escondía siempre su pistola- parecía un iraquí más.
Siguió con su trabajo igual que antes, como buscar el paradero de Sadam Husein. Él y Bernal facilitaron pistas para cazar a los hijos, acostumbrados a una vida de lujo y mujeres y no a esconderse en un hoyo. Pero lo del padre resultó más rocoso. Esta obsesión molestó a sectores iraquíes cercanos a los servicios secretos de Sadam, que habían mantenido su estructura tras la invasión de Estados Unidos.
A pesar de su ingente trabajo, Alberto discutía cada vez más con sus jefes en Madrid, se sentía incomprendido, pensaba que no le agradecían el esfuerzo que estaba realizando. Tuvo unas últimas cortas vacaciones para disfrutar de su familia en Valladolid y a los pocos días de volver a Irak el atentado segó su vida. Nadie había hecho tanto por España en Irak como Alberto Martínez.